El ocio resplandeciente de las universidades
/Juan Gmo. Tejeda.jpg)
Juan Guillermo Tejeda
Artista visual. Académico de la Universidad de Chile.
El Mostrador, 9 de Noviembre de 2011
3121 palabras
Lo
más bonito de la universidad es que sea un espacio
un poco ocioso y abierto, donde se pierde -o se gana- mucho
el tiempo. En ese mundo podemos tratar con gente de diversas
generaciones, y en cambio no hay ni verdades absolutas ni
doctrinas oficiales.
De
mi paso como estudiante universitario recuerdo sobre todo
la conversación, las experiencias, la gente que conocí,
los maestros o compañeros o afectos que tuve, y sobre
todo el proceso mediante el cual fui descubriendo o potenciando
capas hasta entonces inactivas de mí mismo. Entendemos
así la dimensión del conocimiento y qué
lugar modesto ocupamos en él.
Me
tocó pasar exitosa o fracasadamente por cuatro facultades
de tres universidades distintas, dos de ellas públicas.
Estudié (es un decir) Arquitectura en la Universidad
Católica, apenas unos meses; Filosofía -dos
años de bruma- en el glorioso Instituto Pedagógico,
Bellas Artes completa en la Universidad de Chile y finalmente
un año y medio de Arte en la Escuela de Sant Jordi,
en la Universidad de Barcelona, donde poco aporté
y se me olvidó casi todo.
Siempre
me ha gustado medir mis fuerzas, sentirme vivo y renovado
en algo, acogido por una red de personas y situaciones,
navegar en una ola de cambio durante meses o años,
y cuando el ambiente se marchita pasar a otra cosa, aunque
conserve algunas de esas relaciones para el resto de mi
vida. No creo que a un libro haya que leerle todos los capítulos
ni que a una carrera haya que seguirle todos los ramos,
en una buena fiesta basta con haber estado un rato. Las
experiencias desarrollan su curva natural, que es la que
vale y está viva, lo demás son burocracias,
alimentadas por la expectativa ilusoria de que las cosas
en la vida "se completan". La verdad es que vamos
haciendo la vida día a día hasta que simplemente
se extingue sin que sepamos por qué.
Más
cómodo me he sentido habitualmente en las universidades
públicas, algo desorganizadas e indiferentes aunque
dotadas de espesor geológico, y donde por suerte
no existe un modelo humano al que uno debiera parecerse.
No hay allí de esas misses sonriendo de mentira que
llegan con una carpeta de apuntes y una polera institucional,
a darte la línea. Lo bonito es que cada profesor
o profesora hable desde su experiencia, desde su mirada
fragmentada y subjetiva, desde sus dolores y sus firmezas,
que algunos de ellos aparezcan poco en clase, que otro regale
las notas y el de más allá sea estrictísimo
(anal, casi) para los promedios. Finalmente es uno mismo,
quien estudia, no unos burócratas de la secretaría
de estudios, quien irá haciendo la síntesis
de todo ello, si es que está en el momento para hacerla.
Dentro
de las universidades de hoy se ha colado con fuerza la política
anglosajona de los indicadores, es decir de que todo lo
que ocurre debe llevar notas, si no es como si no existiera.
No nos parece que los anglosajones sean más felices
con su exitismo, su paranoia y su presunta objetividad,
pero los imitamos. Las evaluaciones docentes tienden a ecualizar
a los profes: hay que ser amable con todos, llegar a la
hora, ponderado con las notas, no emitir opiniones con vehemencia,
etc. Se cuantifican también las publicaciones, la
asistencia a reuniones, la asistencia a congresos, etc.
Y vamos juntando puntos, como en los supermercados.
Está
bien un poco de accountability, pero no hay que exagerar.
Yo prefiero a un profesor sin doctorado que tenga conversación,
testimonio de vida y cabeza propia que a un metodólogo
con mucho paper y abstract y journal que no son leídos
por nadie. O a alguien de modales rudos pero con el corazón
palpitante. En el mundo de las evaluaciones estandarizadas
no hay nada que palpite. Y aprendemos también de
los estudiantes, de los colegas, del ambiente, de todo un
poco, sin necesidad de notas.
Pero
desgraciadamente, sentencian estos nuevos liquidadores de
la universidad, lo que cuentan son los indicadores, y vamos
a por ellos cueste lo que cueste, porque las buenas evaluaciones
son finalmente más dinero, más recursos. El
acento en los indicadores, sin embargo, delata la ausencia
de sustancia, y es que mientras más ponemos la cabeza
en las notas o en los rankings menos nos concentramos en
nuestro propio movimiento, en las redes reales que estamos
creando, en la emoción vital de la cosa.
Hoy,
según estándares internacionales, una revista
académica será "mejor" si cuenta
con un mayor número de artículos rechazados
por el comité editor (si rechazan mucho es que los
que se publican son muy buenos, cosa que no está
nada demostrada), o si genera más citaciones, aunque
se trate de citaciones hechas por cabezas serviles en revistas
feas y muertas que se acumulan en bibliotecas a las que
nadie va.
Yo
creo en las revistas con glamour, en los artículos
desafiantes o deslumbrantes, en el estilo, en la forma,
en la belleza menos que en el rating, y quizá más
en los blogs o en Facebook o en las conversaciones de pasillo.
Un día de estos van a suprimir los pasillos para
que los académicos y sus ayudantes puedan estar siempre
inclinados sobre sus computadores redactando más
y más papers de feo estilo que no hacen felices a
nadie pero que suben indicadores, oh miserables comerciantes
del conocimiento: ahí hay un tipo de lucro perverso
que no ha sido debidamente señalado, una reducción
de la libertad universitaria a la dictadura tonta que hasta
ahora ha sido propia de los colegios y las oficinas.
A
los griegos les gustaba identificar lo bueno con lo bello.
No puede ser buena una manera de hacer universidad que resulta
finalmente fea, con espacios poco atractivos, académicos
o académicas nerds y estudiantes mamones, por mucho
que consigan indicadores buenos y gran cantidad de estrellitas.
He ido a veces a esos congresos internacionales de académicos,
y no sé, les falta glamour. Tanto libro no puede
hacer bien, aparte de que los libros, que tienen su belleza,
ya no corren, porque la gente ha pasado de estudiar en fotocopias
a los pdfs, de la antigua clase magistral a las presentaciones
Power Point, y yo creo que tanta cosa de esa nubla la vista
y deteriora la piel. La mitad de la actividad de un académico
termina siendo el llenado de formularios.
Toda
esta lógica empezó en los ochenta con Reagan
y la señora Thatcher, y situó al financiamiento
o desfinanciamiento o autofinanciamiento de las universidades
como la sala de máquinas de la educación superior,
como si financiar algo constituyera su núcleo existencial.
Y así, mientras antes los que hacían la universidad
eran humanistas sin prisa, hoy son economistas. Interesan
más las cifras que las personas, más las estadísticas
que los ambientes.
Yo
celebro, por eso, a estos estudiantes inflamados que están
atacando la industria de la enseñanza y se niegan
a ir a clases. Aprender es también cumplir hazañas,
y ellos las están haciendo. Lo que no quita que cuando
la hazaña adquiere modalidades incendiarias sea preciso
poner un freno, porque hasta las insurrecciones tienen sus
protocolos republicanos, su sentido común. Sólo
me pregunto a veces si quizá parte de este movimiento
que remece al país no será un alegato de clientes
insatisfechos, que quieren más educación estandarizada,
y finalmente menos libertad, menos espacios para el aprendizaje
creativo y humanista, más indicadores, más
títulos de mercado, más universidad vacía,
más esclavitud. No sé si al final de este
movimiento vamos a humanizar las condiciones del aprendizaje,
o entraremos a darle a todos, no sólo a los privilegiados,
un sistema de enseñanza que desconfía de las
personas y adora servilmente a los indicadores.
La
universidad para todos, industrializada, ha terminado por
difuminar las bellezas clásicas de lo universitario,
y lo que nos ofrece hoy es bastante chatarriento, un poco
en la línea de diferencia que puede haber entre un
McDonald's y un restaurante francés de toda la vida.
O sea que ha llegado a ser para todos, pero ya no es universidad.
Y a lo mejor me van a criticar por elitista, pero yo estoy
convencido de que la universidad está hecha para
los espíritus inquietos, para los que quieren entender
y buscar, no para quienes necesitan validarse con un título
profesional. Para eso están los institutos profesionales,
los colleges, los politécnicos, que pueden ser de
gran calidad pero donde más que las preguntas abundan
las respuestas. En Chile le están llamando generosamente
"universidad" a cualquier cosa. Muchos de los
estudiantes de las universidades actuales desean sólo
su nota, su título profesional, y que no les compliquen
la cabeza. Después, va por el postgrado infinito,
o a un trabajo rentable y odioso. Son en gran parte clientes.
A Sócrates le hubieran dado su ración de cicuta
y a Jesús su corona de espinas y su cruz, por haber
respondido vagamente con preguntas o con parábolas
y no en planillas excel.
Pues
bien, para mí que las universidades, como el jardín
de Epicuro, son para los chalados, para ese momento de la
juventud en que estamos en plenitud de nuestras fuerzas
pero desorientados y confusos. Y lógicamente, como
suele ocurrir en las buenas universidades públicas,
lo que corresponde es que tengan acceso todos aquellos con
reales afinidades con el jardín del saber, sin que
el origen socioeconómico, o la manera de pensar o
de sentir vayan a ser una limitante. Pero eso nos retrotrae
a perversiones e inequidades del sistema educacional chileno
en general, como que a los niños de tres años
ya los están punceteando con haciendo exámenes
de admisión en esos colegios nauseabundos de curas
o con nombre inglés y misses de apellido Ramírez
o Quintana, con todo el hispánico respeto que merecen
estos apellidos. Y ojo, no son estas prácticas una
perversión de la autoridad sola, que en ella participan
con mucho entusiasmo los curas, los profesores, las familias
Puedo
jurar y mostrar por el testimonio de mi vida que la equidad
es para mí un valor y que detesto la segregación,
pero prefiero a la universidad como un espacio soleado para
pocos, para espíritus confusos en un ambiente de
conversación y de experiencias, que como un ascensor
operativo para trepar por la escala social y acceder al
kit de la modernidad global, o sea un auto, una casa, un
par de matrimonios fracasados, una educación arribista
para los niños, unas vacaciones con avión,
un computador y un Iphone, un asilo de ancianos para sacar
de circulación a los abuelos, y una muerte asistida
por un buen seguro médico.
El
conocimiento tiene un flanco de certezas y otro de incertidumbres,
y la universidad se hace de ambos. No es posible aspirar
a tener sólo certezas, porque ello diluye la identidad
de lo universitario. No sé si he desarrollado bien
estos argumentos
La
idea también anglosajona del fair play ha sido otro
elemento destructor, ya que ha instalado prácticas
nacidas de la convicción no comprobada de que en
el mundo del conocimiento lo que cuentan son las reglas
y métodos de evaluación. O sea que se gasta
mucha energía en saber si la nota fue justa o no,
cuando la nota es siempre basura, externalidad, residuo.
¿Qué importa que una basura sea justa o no
justa? La judicialización del aprendizaje es una
lesera. Aprendemos no para dar pruebas, sino para dominar
algo que nos interesa. Los niños no aprenden a hablar
para sacarse una buena nota sino para comunicarse. No comen
para que les den un premio sino porque tienen ganas. El
fair play excluye los afectos, pone bajo sospecha las afinidades
electivas de las personas, y supone un ambiente artificial
neutro dentro del cual operaría eficazmente la justicia
pedagógica. A mi juicio este sistema mata la dialéctica
humana que es indispensable en todo aprendizaje. En un mundo
de plástico sin emociones aprendemos, quizá,
pero sólo aprendemos cosas desagradables.
Reemplazar
la compleja y dialéctica experiencia del aprendizaje
por sus evaluaciones es una traición a la naturaleza
de los seres humanos. Somos seres orgánicos que cada
día aprendemos, cada cual a su modo, y lo hacemos
durante toda la vida, sin necesidad de notas, en momentos
que casi nunca ocurren en una sala de clases o estudiando
para una prueba. Aprendemos mirando, escuchando, viviendo,
cayéndonos, imitando a quienes queremos. ¿Por
qué desconfiar tanto de nuestra propia condición
humana? ¿Qué sentido tiene neutralizar artificialmente
el aprendizaje? Es lógico que los jóvenes
se resistan a aprender aquello que no necesitan y que no
sienten como querible. Y es cada persona la que sabe mejor
que nadie qué le sirve y qué no le sirve.
La
falta de respeto por las inquietudes y curiosidades naturales
de los jóvenes, por sus afectos, es una de las señas
de identidad de un sistema educacional, el occidental, que
le da la espalda a la realidad y según todos los
datos disponibles está fracasando. Mientras más
recursos se meten en el sistema, peores son los resultados:
es que lo malo es la lógica del sistema, no su cobertura
a medias. No se trata de más cosas. Se trata de qué
cosas. Y esas cosas no están afuera de las personas,
son más bien relaciones o acciones que los jóvenes
emprenden autónomamente en determinados ambientes,
desde luego no siempre en al ambiente educacional, que se
aprende mucho en la calle o en la casa. Desgraciadamente
la casa ha ido desapareciendo, se trata hoy apenas de una
cocina y unas camas con televisor, es decir un alojamiento.
Pasa un poco en todo, hay como un apartheid de las diversas
dimensiones del ser humano, en circunstancias de que nos
educamos no necesariamente en el colegio o en la universidad
sino en cualquier parte que estemos, y nos enfermamos o
sanamos no exclusivamente en los hospitales, y nos divertimos
quizá durmiendo, o en el trabajo, o en una fiesta,
o en cualquier parte. Mientras más se segrega y se
desintegra el mundo de aprendizaje del resto de la vida,
peores serán los resultados.
Nadie
se acuerda de preguntar a los que aprenden qué quieren
aprender. Cunde el temor a la realidad, a la libertad, al
libre flujo de las potencialidades de las personas, y todo
ello es reemplazado por una malla curricular siempre estandarizada
y obsoleta, por unos ramos inútiles, por unos protocolos
vacíos y pomposos, por roles rígidos.
¡Dejemos
que la universidad sea un espacio donde cada cual construya
su aprendizaje! Tengamos a disposición de los jóvenes
las herramientas que necesitan. Olvidémonos de los
fracasados rayos láser que en cinco años van
a conseguir que los estudiantes adquieran tales o cuales
competencias. El viaje del aprendizaje nos dura toda la
vida, y a medida que avanzamos vamos cambiando de meta.
La tranquilidad de definir previamente las metas y aplicar
luego las metodologías para conseguirlas es una tranquilidad
irreal, que se aplica de modo autoritario y burocrático
precisamente porque no es real, y que deja fuera del sistema
las energías creadoras más potentes de las
personas. Construir universidades así es destruirlas.
El
neoliberalismo, que se ha ganado mala fama por su ciega
desconsideración hacia las personas, ha traído
también algunas ventajas, sé que es inadecuado
hablar de ellas, pero puede ser útil. Por ejemplo
el hecho de que las cosas existan y se validen por sus audiencias,
no por los controles estatales, produce inequidades, pero
también elimina a los intermediarios y a los burócratas.
Los flujos libres de dinero generan distorsiones, pero nos
permiten también una vida más tranquila, con
menos contadores, menos ventanillas, menos formularios.
El capitalismo no todas las veces es malo. Como señalaba
Andy Warhol, por más dinero que tenga un multimillonario
no puede comprarse una Coca-Cola más cara que la
que está tomando el mendigo de la esquina. La ceguera
de muchos intelectuales a las dinámicas del contexto
y la aplicación testimonial de etiquetados morales
o ideológicos no ayuda ciertamente a hacer mejores
a las universidades.
La
globalización, con sus cargas y amenazas, nos lleva
a pensar nuevos modos del espacio público, nuevas
formas de organización política. Las grandes
empresas hace rato que prescindieron del estado y de los
espacios físicos concretos, operan ágilmente
mediante flujos globales y moviéndose mucho. Cosa
parecida ocurre con los indignados o las ONG, que prefieren
aparecer y desaparecer aquí y allá al margen
de partidos políticos o de los programas y estrategias
parlamentarias. Las universidades, en este contexto, y especialmente
las públicas, siguen atadas al siglo 19, a la cuadrícula
urbana racionalista, a las notas, a los exámenes,
con el agravante de que hoy se diviniza a las evaluaciones
estandarizadas. Hace falta quizá más liberalización,
menos certificados, no tantas ceremonias absurdas. Una mirada
más digital, más abierta y dinámica,
en red. No hay por qué tenerle miedo al conocimiento,
no pasa nada si jugamos libremente con él, que así
es como aprenden los niños y así es como de
adultos aprendemos lo que más nos sirve para la vida.
Casi todo los datos que manejaban antes los profesores en
exclusiva flotan hoy autónomamente en Google. Más
que apretar los músculos, poner muchas pruebas y
exámenes o levantarse a horas que el cuerpo nos pide
seguir durmiendo, la adquisición de conocimientos
depende de la vitalidad y de la libertad, de la propia identidad,
de los riesgos, del ocio, de la buena compañía,
de nuestras capacidades de integrar, de que hagamos las
cosas desde la verdad y no envueltos en una espiral de simulaciones
y eufemismos.
Puede
que la universidad, en la forma en que la hemos conocido
hasta ahora, esté llegando a su fin, por mucho que
se renueven los edificios y aumente exponencialmente la
matrícula. Se la ve militarmente ocupada por una
nube de economistas y de burócratas empeñados
en hacer de los indicadores abstractos su sentido último,
apoyados todos ellos por una clientela estudiantil indignada
o pasiva que busca un diploma a cambio de las menores complicaciones
posibles. A la sociedad le parece tranquilizador que los
jóvenes se sumerjan durante cinco o más años
en unos estudios de lo que sea, porque eso los saca de la
calle, de la cesantía o de quizá qué
otras barbaridades. Todo lo cual siendo entendible y explicable,
nada tiene que ver con el cultivo abierto y complejo del
saber.
Entretanto,
quizá, los espíritus libres no necesiten ya
ni de la biblioteca ni del aula para conservar el conocimiento,
para generarlo o difundirlo, porque para eso están
los nuevos espacios digitales, las redes, los flujos, las
empresas, los circuitos culturales, quizá algunos
jardines voladores o galpones privados. Allí encontrarán
la confianza, la libertad, los cruces afectivos, el estímulo
intelectual y el ocio luminoso que acompañan habitualmente
a la creación.
COMENTARIO
Muy buen artículo, Sr. Director.
Creo poder suscribir a lo menos un 90% de los conceptos allí desarrollados por J.G.Tejeda.
Su enfoque sobre el sentido y la verdadera naturaleza de la auténtica "universidad" y su diferencia conceptual con otros establecimientos de capacitación y venta de cartones, para mejorar las rentas de sus clientes, es notable.
Ojalá hubiera alguna iniciativa legal destinada a restringir el uso del denominativo "Universidad", solo a las entidades que merecen ser llamadas como tales.
Felicitaciones
Jorge Godoy Rojas
Arquitecto UCH