La
Ciudad de Dios 14,28
"Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver
la ciudad, lloró"
San
Agustín (354-430)
Obispo de Hipona,
doctor de la Iglesia Católica
Dos amores construyeron dos ciudades: el amor propio hasta
el desprecio a Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios
hasta el desprecio de si mismo, la ciudad del cielo. La
una se glorifica a sí misma, la otra se glorifica
en el Señor. Una busca la gloria que viene de los
hombres (Jn 5,444), la otra tiene su gloria en Dios, testigo
de su conciencia. Una, hinchada de vana gloria, levanta
la cabeza, la otra dice a su Dios: "Tú eres
mi gloria, me haces salir vencedor..." (cf Sal 3,4)
En una, los príncipes son dominados por la pasión
de dominar sobre los hombres y sobre las naciones conquistadas,
en la otra todos son servidores del prójimo en la
caridad, los jefes velando por el bien de sus subordinados
y éstos obedeciéndoles. La primera, en la
persona de los poderosos, se admira de su propia fuerza,
la otra dice a su Dios: "Te amo, Señor, tú
eres mi fortaleza." (Sal 17,2)
En la primera, los sabios llevan una vida mundana, no buscando
más que las satisfacciones del cuerpo o del espíritu
o las dos a la vez: "...habiendo conocido a Dios, no
lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han
puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido
su insensato corazón...han cambiado la verdad de
Dios por la mentira." (cf Rm 1,21-25) En la ciudad
de Dios, en cambio, toda la sabiduría del hombre
se encuentra en la piedad que da culto al verdadero Dios,
un culto legítimo y que espera como recompensa, en
la comunión de los santos, no solamente de los hombres
sino también de los ángeles, "que Dios
sea todo en todos." (1Cor 15,28)