Soy un indignado
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Felipe Cubillos S.
La Segunda, Martes 30 de Agosto de 2011
Pertenezco
a ese grupo de chilenos que después del terremoto
y tsunami del 27 de febrero de 2010 nos hemos dedicado a
ayudar a levantar escuelas, jardines infantiles, botes de
pescadores y comercios que fueron destruidos por la fuerza
de la naturaleza. Hemos sido miles los que hemos dedicado
nuestro mejor esfuerzo, nuestra pasión y nuestro
compromiso en ayudar a volver a levantar a Chile. Lo hicimos
desde la alegría y desde nuestra libertad. Muchos
lo hicimos donando a Teletón, Desafío Levantemos
Chile, al Techo para Chile y a muchas organizaciones de
la sociedad civil. Miles de jóvenes se volcaron a
ayudar a miles de familias chilenas, y nos conmovimos con
el sufrimiento, pero sobre todo nos cautivamos con el compromiso
de tantos por reconstruir nuestra sociedad. Sabemos que
todavía nos queda mucho por hacer.
Soy un indignado, porque trabajamos
sin descanso para que ningún niño chileno
perdiera su año escolar en 2010 y, junto a mucha
gente, lo logramos. Pero, un año después,
vemos que miles de nuestros jóvenes están
a punto de perderlo.
Soy un indignado, porque logramos
levantar escuelas caídas para que nuestros niños
pudieran estudiar, pero, un año después, otros
las queman.
Soy un indignado, porque trabajamos
sin descanso para levantar los pequeños comercios
devastados por el terremoto y tsunami para que los emprendedores
se volvieran a levantar; pero, un año después,
veo a cientos de comerciantes como ellos que sufren los
destrozos de sus locales cada vez que hay una protesta callejera.
Soy un indignado, porque un
joven inocente ha perdido su vida tan sólo por haber
estado en el lugar y momento equivocados (mientras escribo
esta columna nos acabamos de enterar de que la bala que
mató al joven Manuel Gutiérrez salió
del arma de un carabinero; ojalá tengamos la mesura
para condenar un hecho puntual y no a una institución
completa, pues si es así escalemos también
hasta los organizadores de las protestas).
Soy un indignado, porque vimos
cómo nuestros carabineros evitaban los saqueos en
los días posteriores al terremoto, y ahora vemos
cómo delincuentes, escondidos entre los estudiantes,
los atacan sin piedad en cada protesta.
Soy un indignado porque, pese
a todos los problemas que tenemos como sociedad, hemos tenido
avances notables en las últimas décadas, y
hoy nadie se atreve a reconocer su paternidad o maternidad.
Soy un indignado por esos pseudoempresarios
que engañan a la gente, sobre todo a los más
pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni siquiera
preguntarles.
Soy un indignado, porque conozco
a muchos emprendedores de la educación subvencionada
que, precisamente por hacerlo mejor que los colegios estatales
(sí, los municipales, también son estatales),
hoy día corren el riesgo de tener que cerrar sus
colegios.
Soy un indignado, porque muchos
de los parlamentarios de nuestro país han renunciado
al liderazgo y responsabilidad que les otorgamos en las
urnas.
Soy un indignado cuando veo
al presidente del Colegio de Profesores defendiendo una
supuesta calidad de la educación, cuando el gremio
que preside se niega a evaluarse.
Soy un indignado, porque no
estamos discutiendo las verdaderas y profundas razones de
la pésima y desigual educación que les estamos
entregando a nuestros jóvenes, quizás porque
llevamos años usando a la educación como caballito
de batalla de la política de turno.
Soy un indignado porque, salvo
honrosas excepciones, hemos caído en la política
de las encuestas y el Twitter, y hemos renunciado a defender
las convicciones. ¿Qué tal si los políticos
apagaran por unos días sus computadores y se dedicaran
a defender sus convicciones?
Hoy
día hablo por mí, y sólo por mí,
porque además creo que no somos muchos los que en
estos tiempos creemos en la libertad; sí, esa libertad
para emprender, para equivocarse, para educar, para enseñar
y para aprender.
Soy un convencido de que
la derrota de la libertad no se debe a la fuerza de sus
enemigos, sino que a la debilidad
de sus defensores.