LA GRACIA DE LA FE
Para
Eduardo García Marchant
Edmundo
Moure R.
Septiembre 2011
A
mi juicio, la fe religiosa no puede ser refutada por la
razón; tampoco ésta puede explicarla, aunque
haya habido teólogos brillantes empeñados
en su demostración lógica. Pero la teología
es a la fe lo que la rima es a la poesía, es decir
un mecanismo más o menos útil al lucimiento
de la forma, pero que jamás dará cuenta del
contenido, del fondo misterioso e inasible desde donde brota.
Es
inútil y estéril, por lo tanto, confrontar
a un creyente con un ateo o un agnóstico, puesto
que ambos hablan, en pleno sentido, lenguajes diferentes
e ininteligibles entre sí, porque no habrá
un intérprete lo suficientemente hábil para
acercarlos. Imaginemos a Teresa de Ávila (santa para
los fieles católicos), enfrentada a una discusión
con Voltaire acerca de la fe, o sobre la existencia del
Dios que se religa con el hombre dentro de un plan de salvación
revelado. Sería un diálogo de sordos, a menos
que Teresa -la de los cacharros de la cocina donde también
habita la divinidad, la de estremecedores poemas- convirtiera
al agudo filósofo anticlerical francés; o
que éste la llevase a abjurar de sus creencias. Improbable.
La
fe es una gracia, quizá el más supremo de
los dones, si su beneficio es contactarnos con la divinidad,
objetivo primordial, haciéndonos sentir y entender
la vida como el cumplimiento cotidiano de la inescrutable
voluntad de Dios. El creyente es un agraciado que no puede
compartirnos su tesoro, como quien reparte el pan que va
a nutrirle, pues no basta la contigüidad del paradigma
para convencernos de creer. Así como tampoco alguien
nos puede traspasar, por más empeño que pongamos,
su talento musical o poético o pictórico.
Es que todo auténtico regalo toca lo misterioso,
lo inefable.
Acabamos
de ver y escuchar a un pescador de Juan Fernández,
remando en el mar bravío don descubriera los primeros
restos de la reciente catástrofe aérea, decir
al periodista entrevistador: -"Dios sabrá dónde
están los cuerpos que faltan
Él hace
todo lo que ocurre, bueno o malo, y sabe por qué"-.
Sencilla reflexión de un creyente que no tiene dudas
ni asomos de rebeldía. Para muchas personas, lo positivo
y feliz de la existencia es obra divina. Lo negativo, en
cambio, se atribuye a otras fuerzas desconocidas; a veces
al demonio; a menudo, a nuestros pecados, porque, para muchos
cristianos y fieles de otras religiones, Jehová castiga
a través desastres naturales o accidentes catastróficos.
Dios
es o no es, pero juzgarlo con nuestros parámetros
antropoides resulta tan absurdo como entregarle ofrendas
o sacrificios para que actúe de tal o cual manera,
como si su omnipotente voluntad dependiese del aleteo de
una mariposa o del trino de un gorrión. Pero lo absurdo
para el racionalista se iguala, en contraposición
dialéctica, a la enigmática certeza de la
fe. No obstante, dos visiones incomparables.
Admiro
y aun envidio la fe que veo -que he visto- a mi alrededor;
la de mi abuela Fresia, la de mi madre, la del tío
cura, la de tía Carmenza y la de tía Yolanda,
creencia vuelta norma de vida, actitud de entrega con el
prójimo, sin esperar recompensas ni agradecimientos.
Percibo esa fe en otros seres muy cercanos, en mi hija Sol,
que parece una curiosa mezcla de sus abuelas, de su tías
Carmen y Beatriz, y de otras mujeres de la familia, que
nos confirman la fuerza espiritual de lo femenino, fortaleza
que nos amparó hasta que volamos con nuestras propias
alas, unos más desnortados que otros, ¡¿qué
le vamos a hacer?!
Días
antes de viajar a Michigan, mi hija Sol hizo una observación
sobre la fe y sus caminos, a propósito de un hecho
doméstico
No dije nada, pero a ella no pareció
agradarle mi silencio escéptico
-Claro- me
dijo, mirándome con sus grandes ojos, en los que
vi la mirada cálida y al mismo tiempo severa de mi
madre- como eres un ateo, no entiendes lo que digo
Puede
que algún día recuperemos la fe extraviada
en una edad remota, como el ave migratoria que regresa,
luego de infinidad de viajes erráticos, y al fin
encuentra su nido sobre el espejo del mar.
Edmundo
Septiembre 9, 2011