La Oveja Perdida
San Isaac el Siríaco (siglo
7º),
monje en Nínive, cerca de Mosul en el actual Irak
Discursos ascéticos, 1ª serie, nº 2
[253 palabras]
Señor Jesucristo, Dios nuestro, yo tengo un corazón
que te busca con inquietud, ni arrepentido, ni lleno de
ternura por ti, ni nada de eso que hace volver a los hijos
a su heredad. Maestro, yo no tengo lágrimas para
orarte. Mi espíritu está en tinieblas a causa
de las cosas de esta vida y, en su dolor, no tiene la fuerza
necesaria para tender hacia ti. Mi corazón está
frío en las pruebas, y las lágrimas de amor
por ti no pueden calentarlo. Pero tú, Señor
Jesucristo, mi Dios, tesoro de todos los bienes, dame un
arrepentimiento total y un corazón apenado, para
que, con toda mi alma salga en tu búsqueda, porque
sin ti estaré privado de todo bien; oh, Dios bueno,
dame tu gracia. Que el Padre que, fuera del tiempo, en la
eternidad, te engendra en su seno, renueve en mí
las formas de tu imagen.
Yo te he abandonado; tú no me abandones. Yo he marchado
de ti; sal tú a buscarme. Condúceme hasta
tu pradera; cuéntame entre las ovejas de tu rebaño
preferido. Con ellas aliméntame con la hierba verde
de tus misterios divinos que moran en el corazón
puro, este corazón que lleva en sí mismo el
esplendor de tus revelaciones, la consolación y la
dulzura de los que se han esforzado por ti en los tormentos
y ultrajes. Que nosotros podamos ser dignos de un tal esplendor,
por tu gracia y amor hacia el hombre, tú, nuestro
Salvador Jesucristo, por los siglos de los siglos.
Amén