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Desde
hace ya algún tiempo, los chilenos venimos
escuchando voces que nos recuerdan de una deuda contraída
para con las generaciones futuras como consecuencia
del deterioro ambiental que el país ha experimentado
por la acción imprevisora de la sociedad.
También,
y desde hace más tiempo, venimos escuchando
otras voces que resaltan la situación de los
más pobres del país.
Sin
embargo, mientras para la deuda ambiental hay iniciativas
concretas entre las que se incluyen proyectos de ley
actualmente en estudio en el Congreso, son pocas las
ocasiones en que se puede palpar en forma directa
y, simultáneamente, visualizar vías
de solución para esa otra dramática
deuda que el país tiene vigente y viene arrastrando
desde hace decenios: la extrema pobreza que golpea
a un importante sector de la población, cuyo
abandono y postergación debieran estremecer
y avergonzar a la sociedad.
Una
de esas ocasiones se dio cuando, hace algunos días
atrás, fueron inauguradas las instalaciones
que permiten la conexión eléctrica a
la Isla Grande de Chiloé mediante un tendido
aéreo que garantiza tanto la seguridad del
abastecimiento energético como también
la capacidad de duplicar y eventualmente triplicar
la capacidad de dicho abastecimiento en comparación
con las antiguas instalaciones submarinas.
Quienes
estuvimos presentes en la ceremonia inaugural fuimos
testigos, además de la puesta en funciones
de las obras de ingeniería, las que se comparan
con pocas en el mundo, de un impactante acto durante
la presentación de bailes y cantos locales
por parte de un grupo de isleños con sus tenidas
típicas: uno de los miembros del grupo, representando
a la comunidad de la Isla, con palabras profundas
y emocionadas, simbólicamente, apagó
para siempre la vela que hasta ese momento había
sido el principal elemento de iluminación para
una parte importante de la población de Chiloé.
El
acceder a la energía eléctrica en forma
estable y segura pasaba de sueño a realidad.
Se saltaba del Siglo XVIII a las puertas del siglo
XXI.
A
un sector del Chile en "Blanco y Negro"
se le abría la oportunidad para entrar al "País
a Color".
A
mediados de 1993 Chiloé, en materia de energía
eléctrica, se ponía al nivel que había
alcanzado el centro del país en los años
30 cuando se puso en marcha el Programa Nacional de
Electrificación que permitió a Chile
iniciar sus pasos hacia la industrialización,
el desarrollo y el crecimiento económico.
La brecha que se había ido produciendo a lo
largo de casi seis décadas, con relación
a otras Regiones que ya contaban con electricidad,
se estancaba e iniciaba su retroceso.
La
percepción de que a partir de la electricidad
se abrían las más variadas oportunidades
llenaba el ambiente de sentimientos de alegría,
esperanza y fé en el porvenir.
La
emoción llegó al máximo cuando,
con todos los presentes de pie, se entonó la
canción de Chiloé.
Chiloé,
con la energía asegurada, podía ahora
traducir esas oportunidades en realidades: de educación
acorde a los tiempos, de trabajo estable, de servicios
confiables, en dos palabras de mejores niveles de
vida. Impulsar y materializar esas aspiraciones se
tornaba posible. La energía estaba disponible.
La oportunidad ausente por tanto tiempo estaba a la
mano.
Para
lograr este acontecimiento, sin embargo, no bastó
construir las inmensas torres que sostienen los cables
que cruzan el canal de Chacao en una distancia cercana
a los tres kilómetros.
Previamente
se requirió de las instalaciones capaces de
generar y transportar la energía hasta Chacao.
De las plantas hidroeléctricas y las líneas
de transmisión que desde fines de los años
30 se han ido construyendo en distintos puntos del
territorio, aprovechando la energía
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natural
en beneficio de los chilenos: Pilmaiquén, Abanico,
Cipreses, entre las primeras, luego Pullinque, Rapel,
El Toro, Antuco y Colbún Machicura y ahora
último Pehuenche y Canutillar .
Pero,
tal como Chiloé antes de esta histórica
ocasión, ¿cuántas otras zonas
del país, particularmente aquellas más
aisladas, aun permanecen en el más frustrante
abandono, principalmente por no contar con electricidad?
¿Qué
oportunidades de mejoramiento y surgimiento tienen
miles de chilenos para quienes la energía eléctrica
es algo remoto o de un mundo al que no tienen acceso?
¿Cuántas
escuelas fronterizas, algunas incluso con alumnos
internos, sólo cuentan con velas o chonchones
para iluminarse, mientras para las escuelas de Santiago
y algunas otras ciudades la prensa destaca con grandes
titulares un "Creciente Uso de Computadoras en
Educación Infantil"?
¿Cuántas
décadas deberán transcurrir para que
uno de esos alumnos de Escuelas Fronterizas pueda
sentarse frente a un computador?
¿Es que esos chilenos no pueden aspirar siquiera
a la oportunidad de contar con medios que les permitan
surgir?
Es
usual escuchar como argumentos para justificar la
construcción de nuevas plantas hidroeléctricas
el que el país tiene una mayor demanda de energía
para mantener y ojalá incrementar sus tasas
de crecimiento.
Esos
argumentos, aunque implícitamente consideran
el mejorar los niveles de vida de los sectores más
pobres del país si se tiene en cuenta que la
principal vía para lograrlo es precisamente
el desarrollo y crecimiento económico como
nación, no destacan con la necesaria elocuencia
que el país mantiene aun una deuda que se arrastra
por décadas y que tiene relación directa
con todas esas zonas aisladas, con sus aldeas, villorrios,
caseríos y localidades rurales que aun no cuentan
con energía eléctrica en forma estable
o, peor aun, simplemente no visualizan contar con
ella en un futuro cercano.
Esa
deuda requiere que con urgencia se construya y se
ponga en servicio Pangue, Curillinque, Loma Alta y
todas las plantas hidroeléctricas que Chile
requiera para asegurar el suministro de energía
a la totalidad de sus habitantes y abrirles las oportunidades
a las que ya la mayoría de los chilenos tiene
acceso.
Saldar
esa deuda, por otra parte, no tiene por qué
producir alteraciones desproporcionadas al medio ambiente
ni repercutir en "la deuda a futuro". El
país lo viene comprobando por varias décadas,
desde que se inició la construcción
y operación de las distintas plantas hidroeléctricas
que hoy producen la energía que el país
consume.
Muy
distinto, sin embargo, es que la sociedad chilena
se arrogue la autoridad moral para establecer restricciones
ambientales excesivamente rigurosas que den mayor
prioridad a la conservación absoluta del paisaje
o la preservación intocada de ambientes naturales
o, incluso, la bajada de ríos en balsas por
minorías, antes de saldar esa deuda que divide
al país en chilenos de primera y de tercera
categoría.
Pretender establecerlo antes de saldar esa patética
deuda equivaldría a incrementar aun más
la brecha existente, relegando a los más pobres
a la miseria sin destino y negar indefinidamente a
un importante sector de chilenos el acceso a una educación
propia de fines de los 90, a viviendas dignas equipadas
con instalaciones y artefactos hoy indispensables
en cualquier hogar, a servicios de salud acordes con
las tecnologías actuales y, en general, a alcanzar
a través del trabajo los niveles de vida como
los que ya ha alcanzado buena parte del país.
En
cambio, establecidas las condiciones para ir dejando
atrás la pobreza a través de las oportunidades
que se generan con el solo hecho de contar con energía
en forma segura, se habrán echado las bases
para abordar esa "deuda hacia las generaciones
futuras" en forma justa, efectiva y con el respaldo
de todos.
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