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Sin
duda parte de las turbulencias que sacuden a Chile
se originan en demandas sociales insatisfechas, acumuladas
por décadas. El rechazo ciudadano, tanto a
la Alianza, como a la Concertación se debe
a que sus partidos no interpretaron a cabalidad a
la sociedad, o a que perdieron sintonía con
parte de ella. Por un lado, reina amnesia: se olvida
quien estuvo al mando del país por décadas.
Por otro campea la impaciencia: las viejas demandas
deben ser resueltas en el acto.
Todo indica que la actual configuración de
partidos políticos es un corsé que impide
la expresión de los considerables kilos adicionales
que adquirió el país en los últimos
20 años. Supongo que es hora de encontrar formas
-oxigenando a los partidos existentes, creando un
sistema que no asfixie en la cuna a los nuevos- para
que la ciudadanía se vea efectivamente representada
en el menú de opciones políticas. No
es sano para Chile que siga creciendo la asimetría
entre nuevas opciones ciudadanas y las antiguas visiones
de los partidos.
No se trata tan sólo de preguntarse porque
los partidos han perdido sintonía popular,
si no también preguntarse si emiten hoy señales
para que uno pueda sintonizarlos al menos fugazmente.
¿Cuentan con ideas, propuestas, mística,
mensajes, estímulos y banderas, o simplemente
devinieron en cenáculos cerrados de políticos
profesionales que se estructuran y reproducen lejos
de la ciudadanía? Pregunto esto a quienes han
representado mayoritariamente a los sectores tradicionales
en Chile.
Y lo pregunto pues lo que diviso en nuestro espectro
político es más bien- discúlpenme
la rudeza- una derecha avergonzada, que pide disculpas
por serlo, pese a que es de su sello y factura el
modelo económico que trajo a Chile prosperidad
inédita y lo colocó ad portas del desarrollo.
Pero también veo una democracia cristiana avergonzada.
En el mundo es de centro derecha, pero en casa, de
centroizquierda. ¿A que aspira en el Chile
de hoy ese partido de otrora grandes líderes
inspiradores y que marcó hitos de nuestra historia?
¿Y acaso no está
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avergonzada también nuestra socialdemocracia?
Durante 20 años codirigió con éxito
una transición política, pero hasta hoy
aparece acomplejada de haber abandonado la bandera roja
y el puño en alto, atribuyendo a diario a los
demás las insuficiencias del modelo que consolidó,
afirmando desde el poder que hubiera querido construir
algo distinto. ¿Qué relato inspirador
para el ciudadano puede surgir de actitudes avergonzadas?
Paradójicamente el único sector que
no sufre este complejo es la izquierda simpatizante
del castrismo o chavismo. A diferencia de la derecha,
el centro, o la izquierda moderna, y pese a la estrepitosa
caída del muro de Berlín, la desaparición
del mundo socialista, y el fracaso de la revolución
cubana, sigue proclamando con orgullo sus dogmas,
como si su modelo fuese una utopía que jamás
conquistó el poder y no hubiese sido defenestrado
por los pueblos que lo vivieron.
Me temo que el modelo chileno, que es fruto de la
democracia de los acuerdos, se quedó sin padres.
Raro, porque el éxito tiene muchos padres,
no así el fracaso. Ni los arquitectos ni administradores
del modelo admirado en la región se hacen cargo
de él. Por el contrario, hoy se ven disminuidos,
opacados. Ni siquiera debaten con quienes desde la
calle proponen alternativas puntuales. De pronto se
avergüenzan de lo que hicieron e idealizan las
manifestaciones callejeras, como si esas fuesen más
importantes que la representación democrática.
De tanto pensar en como agradar al elector y no en
que conviene al país, ceden rápido ante
las exigencias callejeras. Veo a estos sectores avergonzados,
sin relato inspirador, concentrados en cupos y liderazgos
personales, sin mística para contagiar a la
población. En las sociedades surgen a veces
vacíos de poder político y también
vacíos ideológicos o programáticos.
Por estos últimos se cuela a menudo el populismo.
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