Edmundo Pérez Zujovic
- A 40 años de su muerte -

Francisco
Bascuñán Letelier
8 de Junio 2011
Era cerca de mediodía, una apacible mañana
en la tropical ciudad de Antofagasta, donde en tiempo de
invierno el sol calienta un poco menos pero lo sigue haciendo
inclemente durante todo el año en las desiertas costas
del norte grande chileno; cuando entra despavorido mi secretario
que con voz entrecortada me dice:
Don
Pancho
acaban de asesinar a don Edmundo.
Era
el 8 de Junio de 1971, estábamos recibiendo la noticia
del asesinato a mansalva de Edmundo Pérez Zujovic,
vicepresidente de la República del gobierno del ex
presidente Eduardo Frei Montalva, quien hacía tan
solo siete meses había dejado el cargo. El secretario,
Dagoberto Rojas, era una persona muy querida en la empresa
constructora donde yo trabajaba como ingeniero civil a cargo
de la construcción de un gran edificio que estábamos
ejecutando en el barrio de la Gran Vía. Bien conocía
'Dago' a don Edmundo, tal vez no tanto como yo, pero también
lo quería y lo admiraba como su jefe máximo,
porque así era don Edmundo, muy querido y admirado
por todo el personal de la empresa constructora que con
tanto esfuerzo formó desde sus años mozos,
y que ahora nos daba trabajo a ambos, entre más de
mil trabajadores que requería sólo esa obra.
Ante el asombro, lo recordamos como un hombre de honor,
carismático, simpático, fuerte pero alegre,
que desplegaba y contagiaba mucha energía.
Avísale
a Ricardo y saca dos pasajes para el primer vuelo a Santiago.
Llamar
por teléfono a Santiago era perder el tiempo, había
más de ocho horas de espera en la única y
monopólica empresa de comunicaciones de entonces.
La situación no sólo era difícil a
nivel nacional por la convulsión general que produjo
el hecho, ya que en Chile no todos los días matan
a un ex vicepresidente de la República (de hecho,
hasta entonces, sólo el asesinato de don Diego Portales
en 1837); sino que, internamente en la empresa, porque no
hacía un año se había muerto inesperadamente
de un infarto al corazón, el gerente general Mladen
Razmilic, otro gran honorable que para describirlo requeriría
un artículo a parte. Don Edmundo venía recién
haciéndose cargo de la constructora y de la pesquera
Guanaye, también formada por él; después
de un largo período dedicado a la política
y al gobierno de Frei Montalva. Eran tiempos muy difíciles
y de gran agitación popular, donde para algunos,
los valores valían sólo cuando convenía.
No era el caso de don Edmundo.
Me
avisan que el auto nos espera junto al Huanchaca (el 'edificio
curvo' como lo llaman los antofagastinos, otra gran obra
de arquitectura que hacía como un año que
la habíamos terminado), junto con Ricardo, lo abordamos
para trasladarnos al aeropuerto.
Ricardo
Pulgar era el arquitecto jefe de la zona y mano derecha
de la gerencia. No nos llevábamos muy bien, mejor
dicho bastante mal, pero esa mañana hizo un antes
y un después tal que nos permitió el inicio
de una gran amistad que duraría muchos años.
No
nos salen muchas palabras, tal vez por los recuerdos
La
verdad es que el anuncio del asesinato, que 'Dago' nos había
dado a conocer en esa fatídica mañana, no
me tomó por sorpresa. No hacía mucho que,
en mi último viaje a Santiago, habíamos estado
almorzando junto con don Edmundo y otros empleados en un
sucucho de la calle Ahumada, a una cuadra de la plaza de
armas. Recuerdo que a la salida, venía junto a él
y a otro ingeniero, Luís Soler que en ese tiempo
trabajaba para la Guanaye, tomándonos de los codos
nos dijo:
Qué
valientes son Uds. caminando conmigo por el centro
el día menos pensado, de algunas de esas ventanas
- nos decía don Edmundo señalando los
altos edificios del centro de la capital - va a salir
una ametralladora y me va hacer bolsa y seguro no harían
distingo con Uds. Con
Lucho quedamos con la boca abierta ya que no nos habíamos
imaginado tal situación.
En
ese mismo viaje a Santiago, mi situación personal
con la empresa era algo incómoda lo que me había
obligado a renunciar a mi trabajo; es así que para
el día del asesinato estaba cumpliendo el plazo legal.
Me encontraba en Antofagasta desde principios de año
sin poder encontrar casa para vivir con mi familia, señora
y tres hijos el menor de nueve meses; la situación
de viviendas en ese tiempo era inverosímil, ni siquiera
había podido entrar a una casa para no más
verla, simplemente no habían casa disponible de ninguna
especie. Fue así, que don Edmundo con la señora
Lala, su mujer, nos dieron un cariñoso almuerzo de
despedida para mí y mi señora en su casa de
la calle La Brabanzón.
Fue
un almuerzo con sentimientos encontrados. Por un lado, esa
casa con todos los recuerdos de juventud, ya que siendo
mis hermanos todos muy mayores, yo había encontrado
desde muy niño, como un segundo hogar en la familia
Pérez Yoma, y donde fui muy bien acogido por todos,
desde la mamá Lala hasta la nana Mely (alma del equipo).
Una constante trifulca de alegría y chacota de toda
una vida, manifestada desde el juego a las bolitas hasta
los bailoteos con las hermanas mayores y sus amigas. Eran
nueve hermanos chicos con carácter grande, había
que esforzarse para sobrevivir. Esa era la ley impuesta
por el jefe y la jefa, y formados con ese carácter
fuerte, sobrevivimos a los acontecimientos que ya en un
futuro muy próximo nos iba a tocar vivir.
Sí,
fue una tarde de contaste. A la hora de la sobremesa, todos
se fueron a sus quehaceres dejándonos solos, a mí
con mi señora Inés y a don Edmundo con la
sra. Lala, tomado un bajativo en su living junto a una mesita
de centro. Solos nosotros cuatro. Don Edmundo hablaba, los
tres escuchábamos. Ahí, conocí de triunfos
y traiciones - teniendo a la Lala de testigo - según
sus propias palabras.
Casi
al final del gobierno de Frei Montalva, estando don Edmundo
como Ministro del Interior, se produjo una grave situación
en la sureña ciudad de Puerto Montt, con resultado
de diez muertos en un incidente con la policía de
carabineros (Marzo de 1969). Una
pequeña dotación de carabineros fue atacada
por un tumulto de pobladores organizados y azuzados por
un diputado socialista; quien después, suficientemente
después, la investigación demostró
ser el único responsable de lo sucedido, siendo desaforado,
enjuiciado y condenado. Pero en el ínter tanto, los
socialistas no pararon de incriminar injustamente, y a sabiendas
de su inocencia, a don Edmundo Pérez Zujovic como
el 'asesino de Puerto Montt', montando un escenario
artificial para denostar su figura política y tal
vez justificar un posible desenlace trágico. Esto
era de esperarlo de parte de sus enemigos, pero sin embargo
la traición vino de adentro de su partido. Don Edmundo,
como ministro del interior y como jefe de los carabineros
(en ese tiempo los carabineros dependían del ministerio
del interior), se hizo públicamente responsable de
la situación, aunque todo el mundo sabía que
él se encontraba en esos momentos de vacaciones en
el norte del país. El senador (DC) Radomiro Tomic
y otros políticos de su tienda, le solicitaron que
se desentendiera de esta cuestión por conveniencia
política, a lo que Pérez se negó terminantemente.
De ahí en más, Edmundo Pérez ya no
contó con en el apoyo de su partido Demócrata
Cristiano y quedó vulnerable ante las futuras y anunciadas
circunstancias.
Sin
embargo, para esa época, Edmundo Pérez Zujovic
aun tenía el potencial político de ser una
de las poquísimas personas con la capacidad de unir
al espectro democrático chileno. Tal fue la encrucijada,
que el propio candidato de la derecha a la presidencia de
la República, don Jorge Alessandri Rodríguez,
le ofreció retirar su candidatura y apoyarlo si se
presentaba él, Edmundo Pérez, como candidato
DC a la presidencia, asegurando de este modo la estabilidad
democrática en el país. La cuestión
estaba clara, esto no sucedió, en cambio se presentó
Tomic y Alessandri junto con Allende. Los chilenos sabemos
el resultado: con poco más de un 30% de los votantes,
se le abrían las puertas democráticas al marxismo
totalitario en Chile.
Muchas
cosas más habló esa tarde junto a la mesita
de sobremesa -la Lala como testigo- según
sus propias palabras. Cuando nos despedimos, fue la última
vez que lo ví con vida.
Último
lla..ado pasaj..os de LADECO a embarcar ... puerta
Me
desperté sobresaltado del letargo de los recuerdos,
'nos llaman' supuse, ya que las frases a gritos y
entrecortadas es un mal endémico de los parlantes
de aeropuertos, que a excepción de Río de
Janeiro, todo el avance tecnológico de los últimos
40 años no ha podido subsanar. El viaje Antofagasta
- Santiago fue tenso, con los dientes apretados. No sabíamos
muy bien en qué iría a terminar esta incipiente
escalada de brutalidades. Llegamos a un Santiago más
tenso aún. Un primer velatorio en su casa, en el
mismo lugar donde hacía unos días estaba la
mesita de los recuerdos. El primer encontronazo fue con
un cura marxista que hacía unos meses me había
dicho que 'para qué iba a matricular a mi hijo
en el Saint George, si para cuando él saliera del
colegio todo el mundo sería socialista', en ese
entonces estaba junto a otro cura que terminó casado
con la profesora de religión. Y ahora... dando el
pésame junto a Tomic .... increíble .... ¡Era
todo un desastre!
Varios días después, se supo que el asesinato
lo había cometido la VOP, grupo socialista extremo
y muy cercano al presidente Allende, casi todos, inmediatamente
barridos por la policía de investigaciones, dirigida
en eso días por Eduardo Paredes, se decía
que éste era como un hijo adoptivo del presidente.
De todos los asesinos, quedó uno vivo para contar
el cuento, lo entrevistó Santiago Pavlovic en la
década del 90, cuando Informe Especial se atrevía
a denunciar a los marxistas. Ahí, al fin, de primera
fuente se conoció la más que estrecha relación
que existía entre el grupo VOP y en especial el entrevistado,
con el presidente Allende. La entrevista terminó
diciendo que 'lo volvería hacer', con lo que
se contradecía, ya que el asesino en ese entonces
se encontraba libre y predicando con todo descaro para los
canutos.
Encárgate
de la Marisi
Me
decía Edmundo hijo, mi amigo de infancia y posterior
colega de trabajo, pero con quien nunca coincidimos en 'política';
él se refería a que cuidara durante el sepelio
a su hermana María Angélica, la que iba en
el auto junto a su padre en los momentos del asesinato y
que nadie se explica, hasta el día de hoy, como fue
la fortuna de salir ilesa después de la ráfaga
de ametralladora, y que en esos momentos era el principal
blanco por el hecho de reconocer a sus agresores. Al estar
al lado de la Marisi en la plazoleta de la Paz, al frente
del Cementerio General, junto al féretro, entre discurso
y discurso, yo no podía dejar de acordarme de la
tomada de codo de don Edmundo diciéndome:
'
de cualquiera de esas ventanas va a salir una ametralladora
'
Son muchos más los recuerdos que tengo de don Edmundo
Pérez Zujovic, más alegres y muchísimo
más constructivos, necesitaría cien hojas;
pero por ahora, no me cabe más que agradecer al actual
presidente de la República don Sebastián Piñera
Echeñique, quien ha sido el único que a 40
años de su muerte, le ha rendido honores de estado,
como corresponde a un mártir de la República;
el que en lugar de salir del país como le suplicaba
un amigo cubano que ya tenía su propia experiencia
comunista, enfrentó la situación como hombre
íntegro, consecuente con sus principios republicanos
e ideales cristianos, hasta dar, valiente y concientemente,
su vida por ellos.
Pensar
seriamente en dar tu vida, no es asunto menor sino que muy
mayor.
La
Serena, Chile, 8 de Junio 2011