Edmundo Moure
R.
Mayo 2011
A
falta de esa pequeña patria que es la aldea, opté
por el espacio anímico y social del barrio. También
allí se engarzan los sueños en impredecibles
hilos de toda geografía, física y humana,
para construir paisaje y mundo interior.
Tres
fueron los barrios que me acogieron en los ámbitos
de la memoria afectiva: La Cisterna, donde nací y
a donde habría de volver, después de una docena
de años; Ñuñoa, con sus días
de temprana infancia y preadolescencia escolar; Chacra El
Olivo, comuna de Conchalí, territorio suburbano y
rural, lar de mis abuelos gallegos, algunas de cuyas historias
he contado y otras que siguen surgiendo, inéditas,
de los vericuetos de la memoria.
Pero es a La Cisterna donde suelen volar mis recuerdos con
más frecuencia, sobre todo a la casaquinta, que en
la vaguedad de la remembranza rebosa de anécdotas
y sucesos, suma de momentos que componen la vida y que sólo
el pulso de la memoria puede otorgarles coherencia, aun
en la distorsión de quien, al recordar, recrea, imagina
y mitifica.
No
hay en esta escritura otoñal ni arrestos grandilocuentes
ni propósitos de trascendencia; nada más que
contar y contarme, móvil esencial -si no único-
de todo poeta-narrador. Procuro ejercer una sinceridad otrora
elusiva, quizá porque a la postre empiezo a verme
como he sido, como soy en la inexorable realidad.
Por
la noche, suelo mirarme en el espejo
No se vea en
esto una actitud de trasnochado narcisismo; por el contrario,
procuro escrutar en mis rasgos de hoy los trazos de mis
rostros de ayer. Quisiera descubrir aquellos signos que
cada época fija por instantes en la imagen de lo
que algunos definen como "espejo del alma", conjunción
gráfica de gestos y miradas que nos muestran ante
los otros, inermes o semidesnudos, según si hemos
o no interpuesto el equívoco preámbulo de
la máscara.
¿Quién
es capaz de exhibirse en absoluta desnudez? Vuelvo esta
pregunta hacia mí, pues no la he formulado como nuevo
subterfugio elusivo, sino para tratar de encararme -al fin-
conmigo mismo, arrojando fuera las vestiduras superfluas
de inútiles coartadas.
Veo
mis ojos inquietos; aún tienen el brillo de la pasión
y la voluntad de búsqueda
No advierto, en la
base de las pupilas, esa diminuta franja, acuosa y desvaída,
que suele marcar los primeros indicios de la senectud
Pero esto es apenas un consuelo y no lo esencial que aprecio
en esta cara que va dibujando su octava década. No
obstante, mi mirada carece de paz, ese único don
que podría otorgarnos la humana felicidad en esta
vida, a la vez efímera e inextricable, absurda para
muchos que carecemos de la panacea de la fe.
¿Por
qué he perdido la paz? Más claro aún:
¿por qué no la he recibido ni la he logrado?
Trato
de descifrar, en la interposición de las huellas
que han ido agregándose en el palimpsesto de mi faz,
los diversos rostros que el tiempo fue tallando, día
a día, año tras año, en una imagen
que no es nunca igual a si misma, aunque nos veamos en la
idealización cotidiana de un retrato impasible.
¿Dónde
y cuándo se produce la primera fisura? Hubo un instante
en que sacamos del sombrero, como prestidigitador de feria,
la primera falacia, paliativo circunstancial de pequeñas
miserias. Ahí comenzó la interminable progresión,
pues según afirma un viejo proverbio hindú:
"Cada mentira engendra otras siete, y así,
sucesivamente".
Echamos a tejer entonces, sin percatarnos, a la negra araña
de la deshonestidad interior, que irá hilando un
gigantesco entramado: nuestra propia trampa. Hasta acá,
la autorreflexión no opone mayores dudas, pero la
clave pareciera estar en una interrogación definitiva:
¿Cómo romper la maraña y desbaratar
la tela, sin que esto ocurra, fatalmente, en el acto postrero?
La imagen cansada, que el espejo me devuelve, no otorga
la respuesta. Habrá que esperar. Entonces, recuerdo,
entreveo en rasgos perdidos del pasado remoto, el rostro
que parecía vislumbrar el hallazgo de una esperanza.
Busco esa cara, escruto una y otra vez, pero sus trazos
se difuminan, como cuando perseguimos una palabra, un nombre
en los recodos de la memoria, y sus sílabas se nos
esconden para luego surgir, en momentos inesperados, cuando
ya su urgencia ha desaparecido del presente.
Por la noche, en el cuarto de baño, con la luz apagada,
escudriño mi rostro a través del difuso contorno
de la penumbra. Entonces, creo distinguir una faz que no
es la mía, unos ojos burlones que refractan toda
pregunta, una sonrisa entre cínica y malévola
Quizá sea uno de mis demonios -el mayor- que debo
exorcizar; para ello, mi herramienta y mi conjuro no son
más que este lápiz -pluma antigua o teclado
moderno- que intenta descifrar la ardua geometría
de las palabras.