HIJO MUERTO TRISTEZA INFINITA
Dolor como puente de luz para dar sentido a la vida
Francisco
Bascuñán Letelier
Marzo 2010
Era
una de esas típicas mañanas nubladas en el
campo costero de la región de Coquimbo, en el centro
norte de Chile. Llanos refulgentes de verdes entre hortaliza
para humanos y alfalfa para vacunos, en contraste con cerros
pardos que con la puesta de sol se ven anranjados y más
tarde violáceos. Todo parecía vida, nada presagiaba
un día triste. Porque a media tarde supimos de la
muerte de un trabajador, treinta años, con mujer
y dos hijos pequeños, persona muy querida en la zona
y recordada por su sempiterno humor. Era sobrino regalón
de la Sra. Violeta, nuestra vecina del frente, ella estaba
muy afectada porque el finado era hijo único de su
único hermano. Familias unidas. El cáncer
fue implacable, seis meses de increíble lucha pero
de fatal término.
El
velorio duró todo el día siguiente, en su
casa un poco retirada de la nuestra, en el fundo del lado.
Velorio típico de campo chileno narrado por innumerables
escritores. Al otro día el féretro fue llevado
a la iglesia grande de la comarca para realizar la misa
fúnebre y el ritual de rigor para estos casos. La
iglesia estaba llena de gente, sus familiares, amigos y
amigos de sus amigos. Este hecho le llamó la atención
al señor cura, al ver las bancas completas, cuando
dirigió algunas palabras a los deudos con un papelito
en la mano para no olvidar el nombre del finado. Parece
que no lo conocía mucho. Fueron palabras más
que sentimientos, palabras de alivio hacia los más
afectados, casi todos.
Al
terminar el santo oficio, el cura estaba dando por terminado
el acto, cuando un señor pidió la palabra.
Parecía pastor de otra iglesia porque agradeció
que la iglesia católica acogiera a su feligrés.
Éste sí conocía al finado y a su entorno,
por ejemplo, de su alocución supimos que era alegre
y buena para la talla, siempre riendo. Después, por
sus palabras parecía que era su padre. Yo no lo conocía,
sin embargo, a mí como a todo el mundo, nos conmovió
sus palabras por su honda tristeza y por su sencilla pero
profunda meditación.
No
recuerdo con exactitud sus palabras, un poco arregladas
por mí, eran algo como las siguientes:
El
señor cura dice
que tenemos que dar gracias a Dios
porque tiene a nuestro hijo
en su santo seno.
Pero
yo no estoy triste por él
sino por mi egoísmo,
porque quiero seguir estando con él,
que esté en el cielo no me quita el dolor.
Estoy triste porque no deseaba
que se invirtiera la ley,
era él que me tenía que enterrar a
mí,
no yo a él.
Que
Cristo murió en la cruz
para nuestra salvación,
también la de mi hijo, Bendito sea,
por ahora no me quita mi dolor.
Agonía
con días de angustia,
tiempo de preguntas sin respuestas
en noche negra, oscura y amarga,
la pena no daba salida.
Se
que me diste un hijo
sé que me lo quitaste,
es tuyo el poder, mío el dolor
que por amor no lo puedo compartir.
No
es la muerte sino el dolor
que merece explicación
y si no la hubiera,
sádico sería el Creador.
Al
despuntar el alba
me llegó una buena nueva,
el dolor tomó sentido
y del sentido, la vida.
Era
yo un puente,
puente reforzado por el dolor,
por donde transitaba una luz
del cielo a mi habitación.
Era
mi rayo junto a infinitos rayos
que hacían girar al mundo,
contra viento y marea,
en el sentido del amor.
Un
ángel me transformaba
de observador en actor,
de muerte en vida, y
de barro en hechicero del amor.
Tan
sólo un breve giro,
pero mi dolor sigue igual
la noche se acaba, viene el día
pero mi dolor sigue igual.
A
la salida, mi mujer me comenta: "este debe de haber
sido unos de los funerales más tristes que nos ha
tocado asistir", y a nuestra edad, sí que hemos
estado en hartos funerales, algunos también muy tristes.