"VOY Y VUELVO"
Tránsito
García
Coquimbo, 2011
El grado de confianza que solía darse
entre personal carcelario y reos, en los años setenta
del siglo pasado, en la antropológica vida de un
penal, en aquel entonces denominadas prisión, presidio
y penitenciaría, era un fenómeno mucho más
normal del que pudiese imaginar hasta el más sesudo
estudioso de la cultura carcelaria. Muchos sucesos, jocosos,
curiosos, trágicos, chistosos, tragicómicos,
extraños, paradojales, tenían como denominador
común, el exceso de confianza. A medida que se iba
dando un relajamiento en el funcionario, iba aumentando
la astucia y la sagacidad del reo, para ganar terreno en
este tema de la confianza, transformándose en muchos
casos en la vía limpia y expedita hacia la ansiada
libertad.
En
el contexto histórico de esa época, con el
acontecer nacional atravesado por la medida autoritaria
de instaurar el toque de queda, también esta situación
nocturna había de impactar, para bien o para mal,
en el alambicado mundo carcelario.
Por
su naturaleza, el Servicio siempre contempló la custodia
de las prisiones día y noche desde tiempos inmemoriales,
las guardias nocturnas, con relevos de tres y cuatro horas,
otras garitas ubicadas justamente en aquellos lugares donde
alguna vez se había ido uno, en la penumbra de la
noche. Por lo tanto, los cambios de guardia cada cuatro
horas, daban una continuidad a las veinticuatro horas del
día como algo propio de este trabajo.
Había
llegado destinado a ese Presidio un joven teniente, al cuál
llamaremos Kong Doro Volandoen Laznuves, funcionario de
poca experiencia, pero mucho ímpetu por tratar de
hacerse valer, sin importar si algunas veces pasaba a llevar
la dignidad de sus subalternos, con los cuáles mantenía
más bien un trato distante. En sus ratos libres solía
salir a pasearse por la plaza de la ciudad, luciendo en
forma impecable su uniforme, lo hacía con tanta gallardía
y donaire, que llamaba la atención de los transeúntes,
esta costumbre de paseos de uniformados, de las diferentes
escuelas matrices, era quizás algo muy común
en la Capital, Valparaíso, y otras grandes urbes
del país.
Pero
en este pueblo chico, este comportamiento causaba curiosidad
entre sus humildes parroquianos, cuyos afanes estaban ligados
a la agricultura y a la pequeña minería. Obviamente
el teniente Volandoen lo hacia con el fin de impresionar
a alguna señorita, y sus intenciones eran entrar
en amistad y conseguir una novia como siempre había
soñado. Su vida transcurría apaciblemente
en este apartado lugar, lo que sin duda contrastaba con
la interesante vida laboral que le tocaba experimentar al
interior del presidio local. Comenzó su carrera trabajado
como Oficial de Guardia, y al cabo de un tiempo, sus jefes
lo destinaron a trabajar en la Guardia Interna, labor que
resultaba mucho más interesante que las tediosas
horas nocturnas en el papel de Oficial a cargo de la Guardia
Armada. En la Escuela Técnica de Prisiones había
aprendido algo de psicología y criminología,
conocimientos teóricos que se quedaban cortos comparados
con el aprendizaje práctico de la psicología
canera. El hombre era muy observador y cada día aprendía
mucho sobre el comportamiento de reos y funcionarios, dándole
cierta prestancia para tratar problemas de diversa índole,
los cuáles debía solucionar, resolver, tomar
decisiones y no ir con cuentos al Alcaide, hombre hosco,
huraño, sabelotodo, a quién le desagradaba
sobremanera que le llevaran cuentos, él era partidario
de que el jefe interno le llevara soluciones y novedades
ganadoras. Era lo que importaba, tener tranquila a la población
penal, que por lo demás no resultaba difícil
con estos reclusos de origen provinciano.
Por
esos días, había llegado preso un famoso cuentero
de la zona, cuya especialidad era andar estafando a la gente,
la mayoría de las veces, agricultores, comerciantes
y mineros tan pillos como él. Por lo tanto, rara
vez lo denunciaban, debido a que "les sacaba la muela
sin dolor", y se transformaban en sus víctimas
por su excesiva imaginación para agarrar papa, acompañada
de una ambición sin límites, por obtener dinero
fácil. A este pintoresco personaje recluido lo llamaremos
Federico Manzagamba González.
El
estafadorcillo contaba con la simpatía de los funcionarios,
cada vez que llegaba preso, en corto tiempo se transformaba
en un mocito de confianza, vivaz, buena voluntad, bueno
para la talla, era todo un personaje, el cuál entretenía
al personal con su chispa y sus ingeniosas ocurrencias,
en la vida carcelaria. En corto tiempo el teniente Volandoen
y Manzagamba congeniaron de tal forma, que parecía
que se conocieran de toda la vida. El oficial le tenía
una confianza ilimitada, y como el astuto recluso ya tenía
acceso a las dependencias del personal, oficinas, casinos
y cuadras, poco a poco iba logrando, en forma progresiva,
los privilegios, trato y relación con los funcionarios
como un verdadero gendarme.
Sin
que nadie se diera cuenta Manzagamba iba ganando terreno,
y en algunas oportunidades, se paraba en la puerta principal
del penal, con la venia de los suboficiales que decían
"no
si
este niño es de la casa", y la vida continuaba
con toda normalidad. Incluso Federico salía a barrer
el frontis del penal, y algunas veces iba de compras por
algún almacén cercano de los alrededores,
para cumplir necesarios encargos de aquellos gendarmes que
casi nunca salían francos, por "trabajar durante
varios días a pauta parà".
El
teniente Volandoen, tenía a su familia en la zona
penquista, y pasaba meses y meses sin poder viajar a Concepción
a visitarlos. Para él su verdadero amigo, más
bien un hermano, era el mocito de confianza. Manzagamba
le daba concejos, lo asesoraba en el uso del dinero, para
que administrara bien su sueldo, le contaba fábulas
y chistes de animales, que eran su gran regocijo. Nació
una amistad tan estrecha, que el mocito se transformó
en su verdadera sombra. Se preocupaba hasta del más
mínimo detalle de "su teniente". Le lustraba
las botas, se preocupaba de su casillero, de su ropa, de
su uniforme, de su apariencia personal, de sus embelecos,
en fin, una relación de absoluta confianza y reciprocidad.
Hasta
que un día el teniente Volandoen debió viajar
por varios días a su tierra natal a visitar a sus
padres. Manzagamba quedó con sus llaves, y cuando
estaba solo, su encanto era ponerse el uniforme del teniente,
completo, con su gorra tipo alemán, tenida uno y
un espectacular capote, en esa época, de un elegante
corte de color gris. Manzagamba se paseaba por la pieza
y se miraba frente a un gran espejo antiguo, tipo colonial,
el hombre tenía buena pinta y el físico muy
parecido a Kong Volandoen, imitando un bigotito cagòn
que eran el orgullo del oficial. Y así pasaba las
horas, lo cuál le entretenía sobremanera.
Nadie lo veía, ya que tenía acceso exclusivo
a la pieza del teniente.
Su
audacia no tuvo límites cuando, aprovechando un descuido
de la guardia, a esa hora de la cena, se salió para
la calle, impecablemente uniformado tal como si fuera su
teniente, Y en pleno Toque de queda, se fue a caminar por
los lugares de siempre. No tardó en llegar a un burdel,
famoso en el pueblo, causando la admiración de las
niñas alegres, las cuáles comenzaron a atenderlo
a cuerpo de rey. Volvía uno de sus más emblemáticos
clientes, más encima vestido de elegante oficial
del servicio de prisiones. Se armó la gran fiesta,
las chiquillas y los bombillas de lata celebraban con gran
júbilo la valentía de Manzagamba. Para las
putas era un verdadero héroe popular. Estaba en lo
mejor bailando con la mejor mina del cahuín, cuando
hace su aparición una patrulla de carabineros, quiénes
andaban pasando ronda en horas de pleno toque de queda.
El
oficial de carabineros a cargo de la comisión, había
llegado recientemente trasladado a la ciudad, por lo tanto
no conocía a nadie. El supuesto oficial de prisiones
resultó sumamente simpático y dicharachero,
en breve se ganó la simpatía de los verdes,
a los cuáles les cayó requete bien, además
Federico los agasajaba con buenas poncheras de pisco, y
les allanaba el camino para que disfrutaran con las mejores
mujeres, armándose una fiesta cahuinera inolvidable,
llena de alegría, palmetazos, brindis y amistad entre
colegas uniformados.
El
oficial de carabineros entró en amena conversa con
Federico Volandoen, el cuál debió recurrir
a todos sus conocimientos penitenciarios, dictando cátedra
sobre procedimientos, providencias, reglamentos y resoluciones,
dejó impresionados a los carabineros por su versatilidad
en el dominio institucional como buen oficial penitenciario.
Federico Manzagamba González esa noche se lució.
Dejó muy bien puesto el nombre de su Institución.
En pleno toque de queda se ganó la simpatía
de una patrulla de carabineros, los cuáles maravillados
ante tantas atenciones y hospitalidad, cerca de las tres
de la madrugada se ofrecieron amablemente en llevar a Federico
en su Jeep, insistiendo en ir a dejarlo a la mismísima
puerta principal del Presidio.
Al
llegar, se bajaron, lo abrazaban y se despedían efusivamente
de él, mano en visera y sonoros tacazos. Si faltó
poco para que le rindieran honores. Cuando el Jeep se alejó
velozmente, perdiéndose en la negrura de la noche,
grande fue el asombro del gendarme de pasillo, quién
al observar por la mirilla, se dio cuenta que se trataba
del mismísimo loco Manzagamba, vestido de teniente.
El cabo de relevo y el comandante de guardia, casi se fueron
de espaldas, con los ojos desorbitados, al ver lo insólito
de la situación y cuan lejos había llegado
este reo. Desde el asombro pasaron a la preocupación,
cavilando como cresta este pelotudo se había salido
para la calle
y para más remate equipado íntegramente
con el uniforme del oficial ausente. Manzagamba, osado y
canchero como siempre, se alejó hacia la pieza del
oficial, ufano y sonriente, a cambiarse el flamante uniforme
por su ropa de costumbre.
Los
tres pacos de la Guardia Armada, después de una larga
discusión, decidieron no dejar constancia alguna.
El caso era grave. Sin duda si daban cuenta les podría
acarrear serios problemas y el riesgo de ser sancionados,
so pena de ser destituidos. Ni hablar si se instruía
un sumario administrativo. Llevaban todas las de perder.
En consecuencia, era mejor dejar todo para callado. Al día
siguiente, la vida continuó en el presidio con toda
normalidad. El tímido Manzagamba, con la locuacidad
de siempre, continuó con su hilarante forma de ser,
entreteniendo y haciendo reír al personal. Cada cierto
tiempo miraba con picardía y bailándole los
ojillos llenos de complicidad, a los gendarmes que esa inolvidable
noche estuvieron de guardia.
Han
pasado los años, antes de jubilar los tres afectados
esa noche, contaron estos entretelones, haciéndola
extensiva al resto de los vigilantes. Con el correr del
tiempo se narraba esta curiosa historia, basada en hechos
reales. Extraños elementos coincidentes se dieron
exactamente para que sucediera. Para el recordado mocito
y hábil estafador, Federico Manzagamba González,
el toque de queda, en ese oscuro período privado
de libertad, había sido el marco de un paseo muy
agradable.