¿Qué
idioma habla Dios?
¿Qué
idioma hablaría una persona aislada desde
su nacimiento de toda relación con sus semejantes?
El
catedrático de Fisiología Francisco Mora
analiza la capacidad del ser humano para el habla y su
predisposición individual para el aprendizaje a
través de algunos ejemplos surgidos a lo largo
de la historia del hombre.
Francisco
Mora Teruel
Doctor en Medicina, catedrático de Fisiología
Humana
Universidad Complutense de Madrid
¿Qué lengua utilizaron por primera vez Adán
y Eva en sus conversaciones en el Paraíso y con el
mismo Dios? ¿Acaso Dios no debió darles su
propio idioma, el lenguaje a partir del cual derivaron todas
las demás lenguas? ¿En qué idioma habló
Dios a Moisés en el Monte Sinaí? ¿Lo
hizo en hebreo? ¿Habló Dios a Jesús
en arameo? Estas preguntas, a todas luces ingenuas para
nosotros hoy, no lo fueron tanto para muchos Reyes y filósofos
que a lo largo de la historia se preguntaron y reflexionaron
sobre cuál sería, entre las miles de lenguas
habladas, el idioma más natural del hombre. Es decir,
aquel que lejos del aprendizaje del padre, de la madre o
del entorno social, Dios dio al hombre en el inicio de su
despertar como hombre para comunicarse por primera vez con
sus semejantes.
Se
han descrito muchas experiencias en las que se ha buscado
descifrar y dar contestación a este enigma. Unas
proceden de la fantasía. Otras, más documentadas,
de experimentos realizados con niños. Otras, definitivas,
las obtenidas más recientemente en seres humanos
aislados completamente de otros seres humanos en los primeros
años de su existencia. Se cuenta que tratando de
contestar a esta pregunta un faraón de Egipto, Psammenthicus,
y varios reyes entre ellos el Rey Jaime IV de Escocia, aislaron
a niños recién nacidos para comprobar después
con qué idioma se expresaban y descubrir así
el idioma más genuinamente humano y por tanto el
más cercano a Dios. Pero quizá la historia
más documentada es aquella del emperador Mogol Akbar
Khan, a principios del siglo XVI, que mandó aislar
varios niños recién nacidos al cuidado de
personas sordomudas y con la prohibición absoluta
de que nadie tuviese ningún contacto verbal con ellos.
Cuando los niños crecieron los mandó llamar
a su presencia. El Emperador, según describió
un jesuita en su Historia General del Imperio Mogol en el
año 1708, se rodeó previamente de gentes conocedoras
de todas las lenguas para entre todas poder descifrar el
lenguaje de los niños. Y fue entonces cuando el emperador
descubrió que los niños no hablaban nada.
Eran mudos. El idioma genuino del hombre, si alguno, era
claramente el silencio. Hoy hay recogidas documentalmente
historias de niños completamente aislados por sus
padres o perdidos en la selva cuando no debían tener
más de un año de edad. Cuando algunos de estos
niños fueron encontrados con edades entre 4 y 6 años
no hablaban absolutamente nada.
Se
expresaban con contracciones extrañas de los músculos
de la cara, raras vocalizaciones y gesticulaciones explosivas
de los brazos. El caso de Johan recogido por unas monjas
en un orfelinato de Burundi es ilustrativo. Se perdió
a lo visto cuando la guerra entre watusi y hudu en los alrededores
del lago Tanganika, allá por los principios de los
años 70 y fue recogido por unos pastores que lo descubrieron
viviendo en una colonia de chimpancés. El niño
era mudo y andaba apoyado de brazos y piernas. A pesar de
un intenso aprendizaje durante años no logró
aprender a hablar. Y es que el lenguaje, el habla, no es
algo con lo que se nace. Ciertamente, se nace con la potencialidad
de hablar, es decir, se nace con un cerebro que alberga
los circuitos neurales para el lenguaje, pero esos circuitos
nunca van a funcionar a menos que se registre en ellos el
habla de nuestros semejantes.
Sólo
el aprendizaje logra convertir en hecho aquello que existe
en potencia. Se nace con un disco cerebral en el que poder
grabar pero que nada contiene si no se graba en él.
En otras palabras, el habla no es patrimonio de un hombre
único y aislado. El habla es un patrimonio social,
es un bien común de todos los seres humanos. Bien
común, además, adquirido a lo largo de varios
millones de años de evolución del cerebro
y no dado por ningún Dios en ningún momento
determinado. Ya en el hombre de hace dos millones de años
se ha podido reconocer las trazas de las estructuras cerebrales
que posteriormente han dado lugar a los circuitos del habla.
Y es posible que tan sólo sea hace unos 100.000 años
que la corteza cerebral haya alcanzado los últimos
peldaños de esa complicada escalera evolutiva que
ha dado lugar al habla.
Sin
duda que tanto el emperador Mogol como quienes hicieron
estos experimentos desgraciados alcanzaron a contestar la
pregunta sobre el origen del habla. Y la contestación
es que si algún idioma Dios dio al hombre en sus
orígenes es claramente el idioma de los gestos y
el silencio. De lo que se deduce además, que no hay
libro alguno que exprese, en ningún idioma, el verbo
directo de Dios. Dios, si existe, es silencio y cualquier
libro que hable de ese silencio ha sido filtrado por el
cerebro humano. Y esto nos lleva a comprender que la interpretación
humana de ese silencio, su desciframiento y su traducción
en forma de lenguaje, es tan individual como lo es cada
cerebro en cada uno de los más de seis mil millones
de habitantes que pueblan la tierra.
© MORA TERUEL, Francisco
7-07-2005
Revista El Cultural. El Mundo (Versión digital)