La educación debe facilitar el desarrollo de
la conciencia
Junto a la comprensión y el
compromiso, son las dimensiones estratégicas
del aprendizaje
Estamos
ante una crisis que es al mismo tiempo externa e interna.
Externa en cuanto afecta a las condiciones materiales de
nuestra existencia y de la vida en el planeta, e interna
porque se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza
humana y nuestra forma de construir conocimiento y sentido.
Y es en este punto, donde aparece de nuevo el indispensable
papel que debe jugar la educación como facilitadora
y promotora del desarrollo de la conciencia, la voluntad,
la comprensión y el compromiso, como dimensiones
estratégicas del aprendizaje y la enseñanza
de condición humana.
Tendencias21
Por Juan Miguel Batalloso Navas
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La
construcción depende de nuestra conciencia,
de nuestra voluntad y de nuestra convicción.
Foto: Orangeacid. Flickr
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"El
verdadero nombre de una educación transformadora
es que sea humanizante. Será entonces liberadora
en la medida que desencadene, acompañe y desafíe
siempre al aprendizaje de la condición humana (
)
La condición humana refiere insalvablemente al amor,
que es por él y en él que nos constituimos
en humanos". Alejandro Cussianovich (2007)
Dice Alain Touraine, uno de los más brillantes
y comprometidos sociólogos de nuestra época
recientemente galardonado, junto a Zygmunt Bauman,
con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación
y Humanidades 2010, que en el momento actual estamos atravesando
por tres crisis: la económica-financiera, la ecológica-planetaria
y la política. Ésta última, se expresa
cada vez con más insistencia, como incapacidad de
los gobiernos nacionales y de las instituciones internacionales
para hacer frente a los graves problemas de la humanidad,
creyendo ingenuamente que una vez restaurados los beneficios
de los bancos, todo se va a resolver. En este sentido señala
algo que nos parece de extraordinaria importancia para la
educación y así nos dice: "
la construcción
de un nuevo tipo de sociedad, de actores y Gobiernos, depende
antes que nada de nuestra conciencia (1) y de nuestra
voluntad, o, más sencillamente aún, de nuestra
convicción de que el riesgo de que se produzca
una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que,
por tanto, tenemos que actuar necesariamente
"
(TOURAINE, A.; 2010).
En la misma línea, el insigne y reconocido Zygmunt
Bauman nos recuerda uno de los mensajes que más insistentemente
se han ofrecido en la pasada Conferencia Internacional celebrada
en Fortaleza (2) y así nos dice que vivimos en un
mundo, "
donde la única certeza es la certeza
de la incertidumbre, en el que estamos destinados
a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa,
comprendernos a nosotros mismos y comprender a
los demás, destinados a comunicar y de ese modo,
a vivir el uno con y para el otro
" (BAUMAN, Z.;
2010).
Estamos pues ante una crisis que es al mismo tiempo externa
e interna. Externa en cuanto afecta a las condiciones materiales
de nuestra existencia y de la vida en el planeta, e interna
porque se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza
humana y nuestra forma de construir conocimiento y sentido.
Y es en este punto, donde aparece de nuevo el indispensable
papel que debe jugar la educación como facilitadora
y promotora del desarrollo de la conciencia, la voluntad,
la comprensión y el compromiso, como dimensiones
estratégicas del aprendizaje y la enseñanza
de condición humana.
Sin embargo la educación también continúa
en crisis, una crisis de la que ya nos alertó Iván
Illich hace más de cuarenta años, cuando nos
mostraba la extraordinaria y alienante confusión
entre "escolarización" y "educación"
(ILLICH, I.; 1974). Y es que los sistemas educativos de
nuestro tiempo han alcanzado tal grado de burocratización
y tecnologización al ritmo de la expansión
de los mercados, que difícilmente podemos encontrar
ya en ellos algo diferente a saberes puramente utilitarios
y/o adaptativos. Pero además, porque dichos sistemas
supuestamente educativos, están más preocupados
y ocupados en vender acreditaciones y proporcionar competencias
y habilidades profesionales, que en crear las condiciones
y mediaciones necesarias para que cada ser humano conquiste
de forma original y autónoma su propia humanidad.
¿Qué queda dentro de nuestro ser, cuando después
de haber pasado toda una vida entera en las aulas, nos damos
cuenta de que toda la información y el supuesto conocimiento
recibido y legitimado socialmente, únicamente tiene
un valor de cambio perecedero y caduco? ¿Qué
recordamos de nuestra experiencia escolar y académica
como más valioso para nuestras vidas? ¿O es
que nuestro paso por las escuelas y universidades no es
más que una liturgia y un obligado requisito para
sobrevivir en una sociedad de mercado en las que ganancia,
apropiación, desigualdad y consumo ilimitado, siguen
siendo de una y mil formas su fin y su medio? ¿Qué
nos han aportado nuestros estudios y certificaciones al
conocimiento de nosotros mismos y nuestras vinculaciones
y conexiones con la sociedad y la naturaleza? ¿No
será que el conocimiento adquirido y construido se
ha quedado hipertrofiado y nada nuevo somos capaces ya de
generar, como no sea en términos de mayor burocratización
y mercantilización? ¿Es que acaso nuestras
instituciones académicas y escuelas consiguen los
resultados esperados que declaran en sus siempre paradisiacas
visiones, misiones y valores? ¿No será que
nuestra simplificadora y disciplinaria mente escolarizada
es incapaz de concebir nuevas formas de pensar, sentir y
hacer educación? ¿O no será que la
educación amplia y formalmente entendida es un fenómeno
que sucede fuera de las aulas y en los márgenes de
éstas? ¿O es que lo que entendemos por educación
no es más que una sofisticada y costosa superestructura
institucional que legitima, garantiza y reproduce un modo
de producción inhumano e insostenible?
La
fragmentación de los problemas impide su diagnóstico
y solución
A estas alturas del siglo XXI es hora ya de hacer frente
a tanto discurso de reforma e innovación educativas,
que bajo su apariencia de neutralidad y realismo económico
estimulador de productividad y competitividad, o bajo un
supuesto fondo ético de una mal llamada e incoherente
"educación en valores" (3), nos va enajenando
de nuestro natural e interminable proceso de hominización-humanización
(4) . Y son precisamente estos discursos que naturalizan
y legitiman separaciones y dualidades (teoría-práctica,
medios-fines, enseñanza-aprendizaje, profesor-alumno,
razón-emoción, pensante-ejecutante, dirigentes-dirigidos,
crecimiento-desarrollo
) los que al compartimentar
y fragmentar los saberes legitimando las disyunciones, simplificaciones
y exclusiones, no sólo promueven errores, ilusiones
y cegueras del conocimiento (MORIN, E.; 1999), sino que
obstaculizan e impiden tanto el diagnóstico de los
problemas, como su solución.
Si los problemas más importantes de la vida, de la
humanidad, del planeta y de las personas como sujetos individuales
y colectivos, son siempre globales, contextuales y relacionales,
necesariamente tendremos que buscar y encontrar estrategias,
procedimientos, métodos y acciones que nos permitan
contextualizar, relacionar, vincular, conectar y religar
saberes, conocimientos y disciplinas. Y es a la educación
y especialmente a todas sus instituciones formales e informales,
privadas o públicas, presenciales o virtuales, a
las que corresponde asumir la responsabilidad de construir
una "ecología de los saberes" (5) tomando
como fin y como medio el aprendizaje y la enseñanza
de la condición humana, ya que de lo contrario, difícilmente
podremos poner de manifiesto en lo cotidiano y en lo concreto
que otro mundo es realmente necesario y posible.
Enseñar
la condición humana requiere autoaprendizaje, compromiso
y experiencias vitales
No se trata pues, de volver por las viejas sendas del pensamiento
disciplinar, curricular y organizativo que alimenta nuestra
mentalidad escolar, como tampoco de creer que hemos de inventar
un nuevo precepto enseñando a los demás a
vivir como si los profesionales especializados en educación
o los funcionarios docentes fuesen realmente sabios en esta
materia. De lo que se trata más bien, es de saber
combinar complejamente las necesidades y problemas materiales
de existencia de nuestros contextos locales y globales,
junto a la imprescindible e indelegable tarea de aprender
a vivir de forma autónoma sin necesidad de que nadie
nos lo prescriba en forma de recetas académicas o
de inculcación ideológica.
¿Realmente es posible enseñar la condición
humana a partir de una mente escolarizada y curricularizada
que únicamente ve disciplinas, exámenes y
acreditaciones en todos los lugares? ¿Cómo
habilitar contenidos, espacios, tiempos, recursos y condiciones
para una enseñanza tan básica y fundamental
para nuestra vida? ¿Podremos enseñarla en
el marco de la relación profesor-alumno o habrá
que comprender y asumir radicalmente aquel siempre nuevo
principio que Paulo Freire nos legó de que nadie
realmente educa a nadie y que todos nos educamos en comunión?
(6) ¿Y qué significa esto en términos
concretos? ¿Habrá que romper los estrechos,
formales y reglamentados límites de las escuelas
para que sea la sociedad entera la que asuma la responsabilidad
de educar?
Tal vez nuestros discursos y declaraciones nos hacen tan
prepotentes, que a menudo olvidamos que en lo más
sencillo, en lo más humilde e insignificante puede
siempre brillar la luz del más valioso y fructífero
de los aprendizajes. Y no se trata aquí de simplificar
o de reducir a recetas didácticas o a medidas curriculares
todo lo que pensamos como deseable, sino más bien
de comprender que el campo de los aprendizajes auténticamente
transcendentes para la vida y para el desarrollo pleno de
nuestra humanidad está todavía sin explorar
lo suficiente. Es necesario pues incorporar como educadoras
y educadores, no sólo a cualquier persona que nos
muestra con su conducta el sentido de su vida, sino también
a la Naturaleza entera de la que formamos parte.
Visto así, queda claro al menos, que es imposible
enseñar la condición humana en el sentido
escolarizado y burocrático al que estamos acostumbrados
y queda claro también la absoluta imposibilidad de
enseñar nada de nuestra condición si no estamos
profundamente implicados en su aprendizaje. Enseñar
la condición humana es por tanto, no un proceso de
transmisión, ni de ejercicio de conductas testimoniales
siquiera, sino más bien un proceso de autoaprendizaje,
de compromiso y de experiencias vitales con todo aquello
que forma parte de nuestra compleja y contradictoria naturaleza.
De aquí por ejemplo, que no podamos entender dicha
enseñanza-aprendizaje sin el reconocimiento del otro
como legítimo otro, sin la aparición y el
desarrollo de procesos afectivos y amorosos que son al mismo
tiempo dialógicos, interactivos y auto-eco-organizadores.
Extracto
del artículo "Educación y condición
humana" de Juan Miguel Batalloso Navas, los
interesados en la lectura completa pueden bajar el PDF al
pié del artículo.
Notas
(1)
Los subrayados son nuestros.
(2)
"Los siete saberes de la educación para el presente".
Conferencia internacional. Fortaleza (Ceará-Brasil)
21-24 de septiembre de 2010.
(3)
Mal llamada porque cualquier hecho o fenómeno educativo
se funda, se realiza y se desarrolla siempre en función
de valores, ya sean estos económicos, sociales, políticos,
éticos, estéticos, noéticos o de cualquier
otra índole. E incoherente porque la "educación
en valores" como finalidad y/o contenido explícito
y/o declarado de la educación o bien es contradictoria
con las prácticas organizativas, curriculares y docentes
más generalizadas, o sencillamente la importancia
y el lugar real que ocupa en la vida cotidiana de la mayoría
de las aulas, es puramente testimonial.
(4)
"...La importancia de la hominización es capital
para la educación de la condición humana porque
ella nos muestra como animalidad y humanidad constituyen
juntas nuestra humana condición (
) La hominización
desemboca en un nuevo comienzo. El homínido se humaniza.
Desde allí, el concepto de hombre tiene un doble
principio: un principio biofísico y uno psicosociocultural,
ambos principios se remiten el uno al otro (
) Los
individuos permanecen integrados en especie. sociedad el
desarrollo mutuo de los términos de la triada individuo
No tenemos las llaves que abran las puertas de un futuro
mejor. No conocemos un camino trazado. "El camino se
hace al andar" (Antonio Machado). Pero podemos emprender
nuestras finalidades : la continuación de la hominización
en humanización, vía ascenso a la ciudadanía
terrestre
" (MORIN, E.; 1999).
(5)
"
La ecología de los saberes se refiere
a la existencia de conocimientos plurales, a la importancia
del diálogo entre saber científico y humanístico,
entre el saber académico y el saber popular proveniente
de otras culturas y a la necesidad de confrontar el conocimiento
científico con otros tipos de conocimientos de la
humanidad. Mas, para ello, necesitamos de un pensamiento
complejo ecologizante capaz de religar estos saberes diferentes
tanto como las diferentes dimensiones de la vida..."
(MORAES, Maria C.; 2008: 22).
(6) "
El educador ya no es sólo el que
educa sino aquel, que en tanto educa, es educado a través
del diálogo con el educando, quien, al ser educado,
también educa. Ahora ya nadie educa a nadie, así
como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres
se educan en comunión, mediatizados por el mundo
"
(FREIRE, P.; 1975: 90).
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