REVELACIÓN
A
Gabriel Ilabaca
Edmundo
Moure Rojas
Santiago de Chile, Agosto 2010.
Anoche
tuve un sueño. Se me apareció un ángel,
no en la forma que nos enseñan las escrituras: vestido
de blanco, larga cabellera y aura radiante, sino en una
curiosa figura de individuo enteco, calvo, provisto de grandes
gafas circulares "culo de botella", con manguillas
negras en sus flacos brazos, exhibiendo pequeñas
manos, manchadas de tinta azul. Del meñique derecho
sobresalía larga uña de color amarillento
nicotínico
Tuve un sobresalto; era un "contador
de uña larga", como se decía en mi época
de asistente contable en Agencias Reunidas
Si no lo
saben, se los digo: La protuberancia aquélla constituía
herramienta natural para abrir los folios de los enormes
libros de cuentas, sirviendo como metáfora profesional
para los más conspicuos tenedores de libros, estirpe
a la que perteneció el ilustrísimo Fernando
Pessoa...
-Traigo
para ti -me dijo el anunciador, con voz escasamente angélica,
más bien enronquecida por el tabaco- una extraordinaria
revelación que satisfará tu prurito de conocimiento,
ahora que estás dedicado a leer textos de Filosofía
de la Naturaleza, como un mecanicista cualquiera
El
universo, apreciado Edmundo, no es un descomunal espacio
donde bailan y se estrellan las moléculas, ni un
organismo de infinitas reacciones químicas, ni gigantesco
horno de ígnea radioactividad; es sólo un
enorme libro de contabilidad, que contiene todas las cuentas
y asientos, sean ellos Traspasos, Ingresos o Egresos, según
la dialéctica perfecta de la partida doble: el Debe
y el Haber, pilares de la sabiduría pragmática.
Nada escapa a ella; lo que se mueve, asienta o transforma
en uno de sus fundamentos, se corresponde en el otro, en
perfecto equilibrio. Si ello no ocurre, por algún
error, la falencia es compensada por el agujero negro, especie
de papelera de reciclaje donde se arrojan escombros, detritus,
desechos de toda especie, para que vuelvan a surgir en la
forma de contabilizaciones coherentes.... El caos, pues,
no es nada más ni nada menos que un descuadre universal
de partidas mal contabilizadas.
-¿Y
Dios -le pregunto, angustiado- qué papel cumple en
esto?
-Dios
es el Contador Supremo, el que articula y dirige la elaboración
de los asientos en los comprobantes del Macrocosmos y del
Microcosmos, evitando, en lo posible, la acción del
Mal -pecado, si gustas- , o sea, el desorden, la desidia,
la omisión de anotaciones....
-¿Y
mi vida, cómo puedo enderezarla?
-Revisando
y depurando tu contabilidad existencial. Hasta ahora, has
engrosado el Pasivo a límites inaceptables, produciendo
falencias de caja, acelerada depreciación de tus
activos; no has sopesado el deterioro del tiempo y la efímera
vida útil de tu individualidad; descuidaste la provisión
de ingresos, las amortizaciones de las deudas insolutas,
la revalorización del capital propio: tú mismo
Las consecuencias están a la vista.
Desenrolló
unos grandes folios que traía en su morral de ángel
cagatintas, extendiéndolos sobre mi cama
-Cuidado-
le dije, no hagas ruido, que despertarás a Marisol.
-No
te preocupes- me dijo, esto es asunto entre tú y
yo.
Era
un balance general a ocho columnas: el mío, sí,
tenía los rasgos nítidos de mi ancha caligrafía
y redondos e inconfundibles números azulados.
-Son
sesenta y cinco años o ejercicios contables -que
viene siendo lo mismo- en los que has acopiado una enorme
pérdida acumulada, producto de la repetición
constante de negocios -o actividades, si prefieres- inviables
o sencillamente deficitarias.
-¿Y
cómo puedo revertirla?-, le pregunté, mientras
sentía en mi pecho el agobio artero del asma.
-Es
muy difícil, casi imposible-, me dijo el ángel
contable, porque no hay triquiñuelas ni asientos
de regularización con los que puedas engañar
a nuestro Supremo Contador. Sólo con mirar tu balance
general recompuesto, descubriría Él los subterfugios
y te arrojaría a la papelera, o al infierno, si te
resulta más claro.
Estoy
perdido, pensé para mis adentros, pero el contángel
leyó mi angustia soterrada, respondiéndome.
-No
te inquietes, contador de poca fe. Para el Supremo Contable
nada es imposible; su misericordia podría obrar el
milagro.
Desperté sentado en la cama. Mi mujer me pasó
el inhalador, diciéndome:
-Hace
tiempo que no te sometes a control del asma
Un día
de estos te va a dar un acceso irreparable
-Tuve
una pesadilla atroz-, le dije
Tenía que ver
con mis pérdidas acumuladas
Un ángel
vestido de contador descifró para mí el balance
final a ocho columnas; me reveló que Dios es un contable
colosal que maneja el universo a través de la partida
doble
-Te
estás trastornando-, me dijo Marisol
Ese trabajo
nuevo te tiene loco
Debes volver a tus sesiones con
el psiquiatra.
-No-,
le dije, la solución es otra: prefiero hacerme feligrés
de la teoría de las moléculas
Total,
a un Dios Molecular no hay que rendirle cuentas ni rezarle
en las noches de duermevela.
Edmundo Moure R.