Marta Fernández Montero
Octubre 2010
La conocí en un campamento en tránsito establecido
a un lado del Sanjón de la Aguada que atraviesa parte
de la ciudad; había sido llevada ahí, junto
a otras familias que, como ella, habían tenido la
desgracia de perder sus hogares por diferentes circunstancias;
las media agua que le había sido asignada, aunque
de sólo 18 metros cuadrados, les permitía
por lo menos cierta independencia y privacidad.
Me
llamó la atención como ella en tan poco espacio,
trataba de darle a la mediagua un cariz de hogar: con su
esposo habían forrado los débiles tabiques
de madera con paginas multicolores de revistas para que
no se colara el aire; en un rincón y con cajas de
cartón iguales y puestas una sobre otra se había
construido repisas para colocar ordenadamente la ropa de
la familia; la cama familiar (dormían junto a sus
dos hijos) se veía ordenada y limpia; en el espacio
que quedaba, una mesa de mimbre servía de comedor
y unos pisitos de asiento; la cocina consistía en
una mesita sobre la cual había un anafre y colgando
de la pared pequeñas y rústicas repisas donde
se alineaban los pocos enceres de cocina y loza. Él
se ganaba el sustento de la familia vendiendo helados en
el varano y maní en el invierno; vivían en
un cité cuando les ocurrió la desgracia que
los llevó a esta situación: un corto circuito
en una casita vecina había dejado sin hogar a media
docena de familias; la Municipalidad se había hecho
cargo de la situación y los había llevado
a un albergue en el que, en una promiscuidad inaguantable,
tuvieron que pasar dos semanas hasta que llegó esta
solución momentánea, porque ellos aspiraban
a tener su casita propia; en la misma municipalidad averiguaron
qué requisitos deberían tener para obtenerla;
afortunadamente se abrían muchas posibilidades para
la gente de trabajo.
Efectivamente,
según les contaron, el Gobierno de acuerdo con la
Cámara de la Construcción y una Universidad,
había abierto un Concurso para premiar el proyecto
arquitectónico de casas sociales que mejor cumpliera
con los requisitos de calidad, espacio, luz natural bien
aprovechados, el novedoso sistema de paneles solares que
permitiría ahorro en energía, según
la tendencia mundial y sobre todo diera garantía
de desarrollo humano a las familias que lo habitarían;
esto después de las duras críticas suscitadas
a proyectos sociales desarrollados anteriormente por la
mala calidad de las viviendas y la, a veces, nula posibilidad
de desarrollo humano en ellas. El proyecto se lo había
adjudicado un joven arquitecto que por años había
participado en trabajos sociales en campamentos y poblaciones,
de modo que conocía las carencias y aspiraciones
de sus habitantes; había tenido contacto con gente
que con el subsidio gubernamental había obtenido
una vivienda en un block y había palpado sus deficiencias
y las consecuencias para las familias de ellas; de modo
que vio en el Concurso una oportunidad de desarrollar y
concretar todas las ideas que rondaban en su cabeza a partir
de sus experiencias. Por varios meses, trabajando de día
y de noche fue desarrollando diferentes proyectos, evaluándolos,
corrigiéndolos hasta llegar al definitivo que lo
dejó satisfecho y que fue el premiado.
Había
varias premisas, en su concepto, que tomar en cuenta:
¢
El recuerdo de su experiencia en una población en
la periferia de la ciudad, formada por familias llevadas
de distintos campamentos y erradicados de un día
para otro, sin el conocimiento ni la anuencia de los involucrado
y los duros momentos que vivieron a causa de que quedaron
muy lejos de su centro de trabajo, lo hizo pensar que el
lugar donde se construyeran las viviendas sociales debería
estar cerca de locomoción expedita para que los responsables
de las familias y de la deuda que estaban adquiriendo, pudieran
trabajar para responder.
¢
El recuerdo de los niños sin tener un lugar seguro
donde jugar, la formación de pandillas que los involucraban
a temprana edad en malas costumbres, robos, drogas etc.
lo hizo pensar en viviendas sociales en forma de barrios
y poco a poco fue concretando sus ideas: los aspirantes
a casa dentro de su proyecto deberían ser evaluados
entre gente de trabajo y en lo posible con oficio; no podía
revolverse, como había visto en aquella población,
gente de buen vivir con maleantes o vendedores de droga.
Así
ideó casitas pareadas construidas alrededor de una
plaza con juegos infantiles, árboles, un sendero
para bicicletas y un centro comunitario que serviría
para las reuniones que indispensablemente tendrían
que hacer los vecinos para repartirse las obligaciones de
cuidado de este bien común y para ponerse de acuerdo
en adelantos para la comunidad.
A
las casitas de dos pisos se accedería por una entrada
de auto y contarían en el primero, con un hall que
sería a la vez comedor y estar, una cocina y bajo
la escala, una despensa; en el segundo, un baño sobre
la cocina para ahorrar cañerías y dos o tres
dormitorios; sobre el techo, el panel solar con ubicación
hacia el norte para aprovechar al máximo el sol y
que daría calefacción y agua caliente a toda
la casa; el hall de entrada tendría salida a un pequeño
patiecito en el cual poder lavar y tender la ropa y éste,
con salida a la plaza común donde, vigilados por
todos los vecinos, jugarían seguros los niños.
El
proyecto gustó y tuvo muchos adeptos, incluso un
inversionista con sentido social se ofreció para
apoyarlo; la construcción fue licitada y la Constructora
que se lo adjudicó, quiso que el mismo joven arquitecto
que lo había presentado se involucrara en su construcción.
Anita
y su esposo Luís se ilusionaron con esta posibilidad,
se inscribieron y presentaron sus antecedentes: ella consiguió
con su antigua patrona, la Sra. Teresita, que le diera un
certificado acreditando los años que había
servido en su casa, su competencia y buena conducta y su
esposo, mostró los permisos municipales que acreditaban
que era hombre de trabajo; juntaron peso a peso el dinero
necesario para el pie y por fin vieron su sueño cumplido.
A
la nueva población llegó Roberto, de oficio
gásfiter y especialista en instalaciones sanitarias,
oficio que había aprendido durante los últimos
años de su colegiatura y que ahora le permitía
trabajar con una constructora; estaba recién casado
y esperaba su primer hijo.
Simón
había aprendido su oficio de zapatero de su padre
y era experto en arreglar zapatos, pero también los
hacía sobre medida; su mujer la señora Rosita,
había aprendido muy bien la cocina y se especializaba
en masas y empanadas; tenían cuatro hijos colegiales;
aburridos de arrendar que, según decía la
Rosita, era pagar y quedar debiendo, optaron por juntar
dinero para el pié de una casa comprada con subsidio.
Don
Manuel tenía un taller de carpintería y trabajaba
con su hijo mayor, pero les hacía falta una casita
propia, porque siempre habían vivido allegados en
la casa de sus suegros.
La
señora Serafina, tenía una historia muy especial:
había sido ama de llaves en un fundo del sur donde
su esposo, era capataz; eran las personas de confianza del
patrón; ella se levantaba todos los días al
alba para encender el horno de barro con la leña
que le acarreaban los niños y ponía a cocer
la galleta del trabajador repartiendo a cada campesino la
ración correspondiente, mientras su esposo, don Floro,
repartía el trabajo, entregaba las herramientas y
veía sacar leche a las vacas; se quisieron retirar
muchas veces porque querían darle educación
a sus hijos y ahí no tenían escuela cerca,
pero el patrón les rogaba que se quedaran y fueron
postergando la decisión hasta que llegaron a un acuerdo
con él: los niños irían al pueblo cercano
en régimen de internado para estudiar y ellos los
irían a visitar cada quince días. Gracias
a eso sus hijos no sólo aprendieron en buen colegio,
sino todos salieron con un oficio: Renato era mecánico
en autos y Trinidad aprendió primeros auxilios; ahora
don Floro trabajaba en el almacén de un pariente.
Cada
nuevo habitante que llegaba a la población era objeto
de curiosidad y conjeturas, pero la coordinadora con la
que se habían reunido después de ser seleccionados,
les había dicho que podían estar tranquilos
porque los antecedentes de todos decían que eran
gente pacífica y de trabajo.
La
coordinadora les leyó la cartilla: el objeto de este
proyecto era crear barrios en los que la gente, aparte de
ser de buen vivir, se conocieran, ayudaran mutuamente y
se responsabilizaran de cuidar este bien común.
Desde
la primera reunión, la coordinadora se fijó
en el matrimonio formado por Anita y Luís por lo
integrados, alerta a todo lo que se acordaba y entusiastas,
además mostraron tener buenas relaciones con todos
los integrantes del grupo y los nombró sus ayudantes.
Eran veinte las casitas y veinte las diversas familias que
las ocuparon; después de los primeros ajustes: (cada
una tenía que organizar su casa) se llamó
a la primera reunión que se efectuó en el
centro comunitario con la coordinadora presente; se presentaron
mutuamente y celebraron con bebidas la alegría de
tener casa propia; cada familia dio a conocer sus actividades,
el numero de hijos que tenían y qué podía
aportar a la comunidad, qué falencias y que esperanzas
tenían, todo en un ambiente muy alegre y confiado.
Estuvieron de acuerdo en que todos tenían que cuidar
y aportar y se estableció un reglamento cuyo cumplimiento
sería súper vigilado por una junta de vecinos
que sería elegida por todos y se turnaría
cada cierto tiempo; así Anita que tenía dos
pequeños se unió a Juanita esposa de Roberto
de oficio cartero, para cuidar tres veces por semana a todos
los peques que salieran a la plaza a jugar y cuidar que
no les pasara nada mientras sus mamás estaban en
sus quehaceres o trabajos y se turnarían con la señora
Ema y Ernestina que tenían en conjunto cinco y que
lo harían en el resto de los días.
Como
la plaza no tenía salida particular a la calle, sino
a través de los patios de las casas, no había
peligro de que se introdujeran intrusos a hacer daño.
Don
Juan, jardinero municipal, se ofreció para regar
los arbolitos de la plaza y todos para cuidarlos; él
tenía dos muchachotes buenos para el foot-ball los
que prontamente se coordinaron con los hijos de don Javier,
guardia en un supermercado, para usar la plaza como cancha
en horario en que no estuvieran los peques.
Ignacio
y Roberto, hijos de don Daniel que trabajaba en una carnicería,
tenían bicicleta e invitaron a otros muchachos a
hacer competencias.
Había
espacio para todos y organizándose, podían
sacarle provecho al terreno común.
Anita
había oído decir que algunas municipalidades
organizaban cursos de crecimiento personal, y habló
con la coordinadora para que los representara ante el Alcalde
para conseguir algunos cursos que las prepararan para actividades
que les proporcionaran más ingresos y fue escuchada:
se les ofreció cursos de costura, primeros auxilios,
auxiliares de parvularias, pequeñas industrias, etc.;
recorrió todas las casas preguntando quien se interesaba
y en qué y se juntaron seis señoras que querían
aprender a coser; cinco que querían aprender a cocinar
bien y ocho que querían pequeñas industrias;
tres jovencitas quería aprender a auxiliar de párvulos
y cuatro primeros auxilios.
Don
Daniel se comprometió a conseguir carne barata a
quien se lo solicitara, don Floro a traer la mercancía
a precio costo, don Roberto a ayudar a solucionar los problemas
de gasfitería etc. cada cual puso al servicio de
la comunidad sus capacidades. Algunos vieron en la entrada
de auto la posibilidad de establecer un negocio, como la
Sra. Rosita, que pensó inmediatamente en vender empanadas
y pan amasado.
Pasado
un año de que el condominio estaba habitado, el arquitecto
fue a ver cómo había funcionado su idea de
casas sociales alrededor de una plaza y quedó satisfecho
con el resultado que vio: se había creado un barrio
de buena vecindad, los niños jugaban tranquilos,
las casas construidas con los materiales adecuados, no presentaban
problemas, todos gozaban de luz y agua caliente con el mínimo
de gasto y tenían acceso a movilización cercana
y dio gracias a Dios porque su experiencia no había
sido en vano.