Edmundo
Moure Rojas
Septiembre 2010
Esta nubosa mañana de fines de septiembre extraigo
de la biblioteca de mi memoria unas frases escuchadas en
la remota infancia
Domingo, albores de la primavera,
Chacra El Olivo, casa de los abuelos gallegos. Almuerzo
familiar. La abuela Elena y las tías, Naulina, Alicia
y Elena, preparan el abundoso xantar en la cocina lareira
. El aroma de la empanada, con su vientre henchido de pimiento
morrón, ave trozada, chorizo, lomo de cerdo, cebolla
frita y tocino, me trae ese sobresalto olfativo que será
uno de los primeros morbos del glorioso hedonismo.
Los
tíos Manuel y José comentan: -Parece que ha
quedado exquisita la empanada española
Mi padre
corrige: -Empanada gallega, diremos mejor
-Española,
española
seamos universales- insta, con arrogancia
socarrona, tío Manuel. ¿Cuál será
la diferencia?, pienso, desde mis cortos años. La
abuela, mis tías, padre Cándido, hablan en
el comedor esa extraña y dulce lengua que comienzo
a memorizar, desde unos poemas que papá deletrea
en mis oídos ávidos, versos que serán
las primeras hojas líricas de mi biblioteca virtual.
Tío
Manuel continúa en la mesa sus proposiciones: -No
debemos ser aldeanos. El alma española es una y totalitaria.
Es la obra de Franco, aventajado continuador de Isabel la
Católica: una sola nación, una bandera, una
religión y una lengua: la castellana, universal
Los dialectos están bien para la casa y la cocina;
cuando mucho, para las faenas labriegas o pescadoras
Tío Pepe asiente al mayorazgo de la Casa, desde su
aquiescencia de benjamín. Nuestro padre está
ceñudo, intenta una réplica, pero la abuela
Elena interviene: -Calen a boca, non falen máis de
política
Imos disfrutar todos xuntos a nosa
comida, coma unha familia unida
Pero había algo distintivo, diferencias extrañas
para un niño, expresiones singulares, matices, los
sesgos que signan la variedad de la vida humana, el caleidoscopio
cultural que iremos develando, a medida que nuestros años
fluyan a través del río del conocimiento.
Se repetirán aquellas dos actitudes: la que procura
uniformar, sobre la base de ciertos parámetros o
valores genéricos, la vida social de los seres humanos,
con la conocida estructura de la pirámide, donde
la primera autoridad del vértice superior será
un dios patriarcal, seguido por el gobernante: rey, dictador,
presidente o primer ministro; la que destaca la diversidad
como venero imprescindible de riqueza cultural, entendiendo,
sobre todo, que las diversas lenguas no son fruto de la
arbitrariedad de los hablantes, sino expresión necesaria
y coherente de cosmogonías propias, visión
del hombre y la naturaleza según se conjugue y pronuncie
el discurso vivo y cambiante de la existencia. La mesa,
como la buena amistad fraterna, es transversal.
Los poderes buscarán establecer y asentar similares
hegemonías a lo largo de la historia. El imperio
es el paradigma de la pirámide hecha ley absoluta.
Quinientos años ha se produjo el colosal encuentro,
choque de civilizaciones y culturas en nuestra América.
Europa hispana impuso sus códigos culturales y el
gobierno incontrarrestable de su civilización, basada
en esa espada de acero que se vuelve cruz, síntesis
y antinomia, dialéctica fecunda en propiedades tangibles
y promesas escatológicas.
España surge ante los amerindios como entidad unívoca
y monolítica, puesto que desconocen las diversidades
de la Península, sus otras lenguas, sus naciones
"menores", que han resistido el yugo de Isabel
y Fernando -católicas majestades- herederos directos
de la Roma que se hace cristiana, no por conversión
espiritual, sino por pactos de poder emanados del reino
de este mundo. Los pueblos precolombinos son aniquilados,
destruidas sus culturas "arcaicas", como la azteca,
la inca y los resabios moribundos de la maya. Pocas etnias
sobreviven, aunque muchas habiten y clamen desde los genes
del forzoso mestizaje, como es el caso ejemplar de los mexicanos,
hijos de Malinche y de Hernando Cortés, orgullosos
de su ascendencia indígena y altaneros y desconfiados
frente a los "gachupines" europeizantes.
En Chile, la conquista militar de los hispanos se detiene
en la margen norte del Bío Bío, aunque sus
legiones hayan fundado precarios enclaves australes, como
Valdivia y Chiloé. Los Mapuche (gente de la tierra)
son los primeros indígenas que no se tragan la imagen
metafórica del centauro español. Así,
premunidos de largas picas de coligüe (bambú
chilensis), derriban a los acerados jinetes y les muelen
a palos, para montar sus corceles y transformarse en los
mejores jinetes de América. Desarrollan con notable
éxito una guerra de guerrillas, de eficaces contragolpes,
aprovechando sus poblados provisorios, como tiendas de campaña
trashumantes entre bosques y cordilleras. En los albores
del siglo XVIII, la nación mapuche sobrepasa el millón
de individuos y ocupa vastos territorios, viviendo la libertad
de su estructura de tribus indómitas, no sujetas
a gobierno central alguno, salvo para defender su Mapu,
la tierra madre, de invasores incas o españoles.
Su estatus cambiará violentamente, merced al acoso
usurpador de las tropas mestizas chilenas, que sí
les vencerán militarmente, para favorecer, sobre
todo, a nuevos colonos europeos, situación que, con
técnicas y ropajes post modernos, se sigue repitiendo
hasta nuestros días, bajo una sola bandera, la del
Midas Transnacional, cuyos súbditos coinciden -aunque
sin mayor análisis epistemológico- en que
las especies animales van extinguiéndose, de manera
natural e irremediable, al igual que las etnias menos afortunadas,
máxime si perdieron en las guerras de conquista.
Vencedores y vencidos: no cabe una tercera categoría.
Pero, si la memoria se empeña en vencer el olvido,
también el anhelo de vida quiere superar la muerte
Tres décadas más tarde que esos recuerdos
verbales y olorosos de mi infancia, leí y escuché,
grabada, una conferencia de Álvaro Cunqueiro que
concluía, en su ronca y pastosa voz de larpeiro ,
con una invocación, lanzada como flecha hacia el
porvenir, sobre malos augurios y epitafios: -"Mil primaveras
más para la lengua gallega". Tantas como esas
deseamos para el mapudungun, el idioma del bosque donde
aún medran los brotes azules de la luna fría.
Quizá nuestra voluntad, encendida desde el fogón
de la estirpe labriega y marinera, soplada en la floresta
donde reina el pehuén milenario, sea capaz de hacer
germinar los presagios, transformándolos en la resurrección
perdurable de los hijos de la tierra, aquí y al otro
lado del mar.
Edmundo Moure Rojas
Septiembre 2010