DOS EXPERIENCIAS DIFERENTES
Marta
Fernández Montero
Septiembre 2020
Me
había inscrito en una fundación llamada "PUENTE"
que tenia por objeto dar oportunidad a los habitantes del
barrio alto para ir en ayuda de las poblaciones periféricas
de escasos recursos. Existía un puente para aportar
remedios, otro, para aportar alimentos, enceres o ropa.
Yo
me había inscrito en el de ropa porque tengo una
numerosa familia con muchos niños que crecen rápidamente
dejando ropas en buen estado; me asignaron una parroquia
en la Población La Legua; las primeras veces fui
en locomoción colectiva, pues no manejo, pero luego
me pusieron en contacto con una encantadora joven que también
estaba inscrita en el mismo Puente y para el mismo lugar
y tenía auto.
Quedé
gratamente sorprendida con la organización que existía
en la Parroquia; desde luego el Párroco, de imponente
figura y humilde aspecto, daba la impresión de seguir
muy de cerca las huellas de Cristo; los feligreses que lo
ayudaban tremendamente comprometidos, tenían asignadas
diferentes funciones en la Parroquia. Habían creado
un comedor comunitario en el que diariamente almorzaban
80 indigentes; un comité de feligreses se encargaba
de reunir los insumos necesarios para que otro comité
preparara los sustanciosos almuerzos diarios; los beneficiados
con los almuerzos ayudaban a lavar la loza y dejar ordenada
la cocina; los primeros recorrían la carnicerías
que hacían su aporte a tan querida iniciativa; las
ferias del sector prestaban también su ayuda y el
resto de los dineros necesarios, los aportaba el comité
encargado del Bazar; este recibía ropas enceres etc.
y, vendiéndolos a muy bajo precio a personas del
sector, reunían el dinero necesario para mantener
el comedor.
Asistí a una reunión en la que cada uno daba
cuentas de cómo había cumplido su acometido
durante la semana; los encargados del comité salud,
daban cuenta de las visitas hechas a los enfermos del sector
y de la ayuda que se les había prestado; la encargada
del bazar, de las ropas, enceres etc. recibidos y de los
dineros aportados al comedor; la encargada del dispensario,
de las personas asistidas: curación de heridas, inyecciones
puestas etc.
Por
un largo tiempo estuvimos llevando a esa Parroquia toda
la ropa que lográbamos reunir entre parientes y amigos;
recuerdo que se acercaba el invierno y mis hijas me habían
llevado una gran cantidad de ropa de invierno: parcas en
muy buen estado, chombas, etc.; como siempre las había
revisado para entregarlas en perfectas condiciones, cada
prenda en una bolsa plástica con una etiqueta que
mostrara si era prenda de hombre o de mujer y la talla para
facilitarle a la Sra. Rosita, encargada del bazar, su tarea;
la llamé para anunciarle qué día iríamos
a hacerle la entrega y ella, para consternación nuestra,
nos dijo que le acababan de llevar dos bultos de ropa usada
y no tenía espacio para recibir la nuestra.
No
podíamos quedarnos con la ropa preparada y que alguien
podía necesitar en el crudo invierno que se avecinaba,
de modo que me puse en contacto con una monjita amiga quien
me derivó a otra que trabajaba en Renca y estaba
haciendo su apostolado en una precaria población
establecida en la ladera de un cerro; me llevó a
conocerla y me enseñó cómo llegar a
ella, pues no había locomoción hasta allá
y, después de bajarse de la micro debía tomarse
un desfiladero por la falda del cerro hasta, a varias cuadras,
encontrar la población.
Eran 25 familias que vivían en casitas hechas con
diferentes materiales, esparcidas en el lugar y comunicadas
entre si por senderos de barro. Mi soberbia me hizo creer
que YO, con la ayuda de mis amigos del grupo de oración
Padre Hurtado al que pertenecía, podríamos
conseguir que estas familias tuvieran casa; empecé
a visitarlos, a conocerlos y a planificar cómo sacarlos
de esa situación.
Fui
al Serviu (institución del Estado a cargo de dar
subsidios para las viviendas sociales), averigüé
qué requisitos debían cumplir aquellas familias
para optar a ese beneficio y como necesitaban un mínimo
de entradas, hice una encuesta para ver quienes los cumplían;
me puse en contacto con el Alcalde para hacerles cursos
de capacitación que les permitiera aumentar sus ingresos;
el mandó una profesora de costura para enseñar
a las mujeres a coser y vendiendo lo que hicieran, juntar
dinero para el pie; en mi grupo me donaron dos máquinas
de coser; compramos todos los elementos necesarios (tijeras,
huinchas, géneros, etc.) y el curso fue bastante
concurrido, pero, al final de él, sólo quisieron
hacer "trajes de baile y disfraces de viejito de pascua".
Como
había un gran número de muchachotes ociosos,
me fui a la institución estatal que tiene que ver
con capacitación y expuse mi proyecto y, como les
gustó, me ofrecieron becas para los que quisieran
capacitarse en diferentes materias: electricidad, gasfitería,
etc. y no sólo se les pagaba el curso, sino que se
les daba locomoción y almuerzo. Llegué feliz
a inscribirlos: "nadie quiso inscribirse"; una
chica a quien yo había contratado a mi servicio para
estar en contacto con la población me confesó:
"han venido muchas veces a ofrecer cursos pero nadie
quiere".
Cuando
quise saber quienes querían optar a un subsidio habitacional,
me encontré con la sorpresa de que muchos ya tenían
casa pero, o la tenían arrendada o vivía el
consorte porque ahí vivían con otra pareja;
además, como me lo dijo la chica a quien había
tomado a mi servicio:"nadie quiere salir de aquí,
no ve que aquí no pagamos agua, ni luz ni dividendo
y, como somos población, de los colegios de monjas
nos traen de todo y, como nos traen tanta ropa, la usamos
y la botamos al campo".
Mi
decepción fue muy grande y abandoné el proyecto
sacando como conclusión de que nada se puede hacer
en contra de la voluntad de los afectados:
"EL PROYECTO ERA MÍO, NO DE ELLOS".