MUROS
No
hay muros, entre tu casa y la mía
Romeo
Edmundo
Moure Rojas
Julio 2010
El
primer muro que recuerdo era la tapia del traspatio de nuestra
casa, calle Siglo XX, barrio Bellavista, del viejo Santiago
del Nuevo Extremo. Intentaba treparlo, despavorido, aleteando,
un enorme pavo negro, que cebábamos para devorarlo
en Navidad; mi hermano Antonio le lanzaba piedras con escasa
puntería y el ave rasguñaba los ladrillos
hacia la desesperada liberación
Años
más tarde, las murallas medianeras, en la casa de
Ñuñoa, nos desafiaban a subirlas y a recorrerlas,
para aterrizar, minutos después, en casa de amigos;
las de Chacra El Olivo servían para refugiarnos luego
de atacar a bandas rivales de muchachos, cuando entendíamos
nuestra civilidad a punta de palos y piedras.
En
el Tesoro de la Juventud descubrí la Muralla China.
Me impresionó su dimensión colosal: veinte
mil kilómetros, cuatro veces la longitud de nuestro
largo país de Chile; hoy se conserva poco más
de un tercio de su estructura original, construida hace
dos mil doscientos años, para defender el imperio
chino del asedio de los mogoles y de otros pueblos primitivos
y bárbaros de entonces.
Los
muros son para defender y acotar la propiedad, sea de estados,
naciones, comarcas, ciudades, villas, aldeas, cuarteles,
conventos, casas solariegas, cubículos
También
se emplean para segregar: tú de ese lado, yo de éste.
El desconocido, el adversario, el bárbaro o el enemigo
suelen estar al otro lado del muro. Metáfora hecha
de barro, piedra, ladrillo, hormigón o metal, simboliza
casi siempre un apartheid.
En
el siglo pasado la simbolización de la fisura entre
dos mundos, uno supuestamente feliz y bueno; el otro, probablemente
infeliz y perverso, corrió por cuenta del abominable
Muro de Berlín, cuyo recuerdo, aún vivo y
reciente, sirve para mantener la memoria de aquel horror
que se erigió durante medio siglo, después
de terminada la II Guerra Mundial. Hubo, asimismo, los cercos
y alambradas de los campos de concentración, comenzando,
quizá, por los que levantaron los franceses para
zaherir a los republicanos españoles, que huían
del terror franquista; siguiendo con los campos nazis de
exterminio de Auschwitz y los del Gulag soviético.
Del
horror de las "murallas movibles", que parecían
perseguir a los presos hasta cuando cumplían trabajos
forzados, a campo traviesa, nos habla con desgarradora lucidez
el gran Dostoievski, en "Memorias de la Casa Muerta",
ese diario desnudo de las cárceles de Siberia. Pero
el maestro ruso reflexiona para decirnos que "nadie
fue capaz de poner muros a mi alma".
Los
seres humanos no precisamos de muros materiales para ejercer
el odio o la discriminación contra nuestros semejantes.
Existen las barreras sociales, culturales y, sobre todo
en estos tiempos, las económicas. Muros, puertas
con cerrojo y llaves adecuadas, según sea tu puesto
en la escala de la fortuna. La escasa o menor disponibilidad
de dinero alza obstáculos invisibles, a menudo mucho
más eficaces que las murallas concretas. Esto lo
asumimos mejor que el miedo a las fortificaciones almenadas
o a las torretas erizadas de alambres de púa y ametralladoras,
cuyo reto suele animar a los más audaces y a los
valientes de la libertad a traspasarlos, aun a riesgo de
morir heroicamente. Sobran los testimonios, caro lector.
Hoy en día, las grandes ciudades se vuelven peligrosas.
Es preciso levantar aún más muros y rejas,
dotarlos de puntas aceradas, incluso de barreras eléctricas,
para evitar la invasión de antisociales que amenazan
nuestra precaria seguridad
En las fronteras de los
países ricos cumple levantar enormes parapetos para
que no les invadan emigrantes desarrapados.
Francisco
de Quevedo lamenta, en memorable soneto, el deterioro de
las murallas imperiales de la España que iniciaba
su decadencia, apelando a la imagen del desmoronamiento:
Miré
los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
En conversación reciente, un médico amigo
contó de su experiencia en el Berlín Oriental.
Fue escueto para graficar su visión crítica
al respecto: -"Tú podías apreciar claramente
la diferencia entre ambas zonas, la misma que ves aquí
entre habitantes de la comuna de Vitacura y vecinos de Pudahuel
"-.
(Trató de rectificar el símil, pero no pudo).
- Es cierto- le digo, pues aquí no necesitamos
un muro de concreto; nos basta con la diferenciación
tácita y brutal del sistema.
Edmundo Moure Rojas