Edmundo
Moure Rojas
Agosto 2010
Temprano
aprendimos a amar los libros, esos extraños objetos
que olían con incomparables aromas, excitándonos
aún antes de abrir sus páginas y desentrañar
los signos de la escritura. Frutos tangibles y misteriosos
que alguien descolgaba del árbol de la sabiduría:
imagen de biblioteca infinita, para ofrecernos el abanico
abigarrado del mundo, horizontes de aventura, mares llenos
de islas encantadas, personajes tan variados como la condición
humana; el bien y el mal -lo que sus creadores entendían
por esa dialéctica, muchas veces ambigua y contradictoria-,
el coraje, el miedo, la sensualidad, el heroísmo
y la abnegación, el espíritu de aventura que
iba a impulsarnos al viaje sin pausa, a la búsqueda
y goce de tantos caminos
El prurito de inmortalidad,
cuando la muerte nos parecía más ficticia
y lejana que los héroes remotos.
Mi
madre trajo las palabras; mi padre inventó los caminos.
Ella tejía la fascinación del lenguaje sobre
el telar cambiante de la Casa; él dibujaba senderos
y rutas desde la imaginación que construía
con sus ávidos pasos de trashumante. Aprendí
que los ojos develan las palabras y que los pies escriben
el camino que se anda, como lápiz mudo que traza
una estela sobre el agua; si miras atrás, el espejo
ha devorado la huella
Por eso, el camino nos enseña
que el pasado es sólo memoria difusa, y que el presente
es afán proyectado hacia el derrotero impreciso que
llamamos futuro.
Entre
miedos recurrentes, temí perder la fuerza de mis
piernas y debilitar el hálito pausado y decidido
de la respiración
No ha ocurrido aún
y me congratulo de ello, mientras sigo desafiando y disfrutando
el placer de caminar, como quien goza el pan cotidiano y
la variedad de su textura y sabores
Pensé que
al cabo de los años me sentaría a leer, en
un bergère de anchos brazos, junto a una generosa
lámpara de pie, todos los libros que esperan por
mí, como aguardan las damas a su caballero amador
Pero los ojos se han cansado antes que mis extremidades,
y uno de ellos ya no es capaz de distinguir las letras y
los rostros del humano paisaje y menos los detalles del
entorno, que se vuelven, para su cristal exhausto, niebla
umbrosa y aterradora, como esos grabados antiguos que ilustran
historias de pavor en bosques interminables, transformando
a los árboles en gigantes amenazadores o en brujas
de garras descomunales
El ojo izquierdo cumple ahora,
con esfuerzo y abnegación, las tareas otrora encomendadas
a ambos, y debe leer los números de la pantalla cibernética
y los renglones sinuosos del libro; también asume
los deberes de la mirada lejana, para que el caminante compulsivo
que soy no se extravíe en senderos fatuos, como prevenía
el poeta Bécquer a los amantes encandilados...
Ensayo
la lectura en el computador, donde puedo ampliar el tamaño
de las letras y darle estilo "Bookman Old" o "Georgia",
que son los que más me gustan. Ya he leído
"Dostoievski", de André Gide; "Historia
de mi vida", de Chéjov; "Memorias de la
Casa Muerta", de Dostoievski; "Diario de un seductor",
de Kierkegaard, "Sostiene Pereira", de Tabucchi;
ahora leo "El segundo sexo", de Simone de Beauvoir
Pero no hay olor a libro ni hojas cálidas ni ese
aleteo de mariposas mágicas que tienen los folios
de papel cuando te llevan encadenado a las palabras y sólo
sueñas con no liberarte jamás de su embrujo.
En
dos de esos artilugios llamados pendrive, introduje un centenar
de textos, en cada uno, y apropiándome de sus colores,
bauticé ambos andeles virtuales como "Libro
Verde" y "Libro Azul"; en el primero, las
obras más "terrestres"; en el segundo,
las "elevadas" o de contenido más espiritual
o filosófico
(Me imaginé entrando en
el amplio despacho de Diderot para decirle: -"Mire
usted maestro, estas pequeñas bibliotecas que pueden
contener centenares y aun miles de obras
Su loco sueño
de condensar el conocimiento humano en una enciclopedia
universal está siendo cumplido, con el concurso de
la informática y la velocidad de la luz, aunque la
inmensa mayoría de la población, la "masa"
de Ortega, no busca los caminos de la cultura, sino que
se empeña en extraviarse en un calidoscopio sin límites:
el de la tontería planetaria
Pero lo que nos
sigue faltando, caro maestro -como a usted y como a mí-
es el tiempo, cuyo fluir vertiginoso va sobrepasando el
alcance de nuestra vista, mientras acota y empequeñece
los caminos que soñábamos recorrer). Nuestro
enemigo es Chronos; aún carecemos de armas para vencerle.
Quizá
estas reflexiones que desgrano no sean más que aspectos
del síndrome del regreso, la vuelta definitiva a
la Casa, como le ocurriera a ese andariego que fue don Quijote
de la Mancha, para devenir Alonso Quijano en su postrera
derrota, cerrado el horizonte a toda aventura, cuando los
de su propia sangre le habían quemado o hurtado sus
libros de caballería.
Pero
mientras podamos caminar y leer y soñar, la esperanza
nos alumbrará: la palabra, la idea y el camino. No
es poco lo heredado.
Edmundo Moure R.