LA MALA CURA
(AD VINO VERITAS 1)
Edmundo
Moure R.
Julio 2010
Para Arturo Vilches F.
La
'mala cura, como decimos en Chile por la borrachera avinagrada,
es un fenómeno que sólo buenos psicólogos
-léase: parroquianos de Bar Amigo o de Bar Marabú-
hemos estudiado a cabalidad. Consiste en el afloramiento
a la superficie de ciertas personalidades (o demonios) que
no se advierten, a primera vista, en el cotidiano comportarse
de un individuo. Así, sujetos en apariencia pacíficos
y aun cordiales, experimentan un abrupto cambio de carácter
luego de ingerir algunos tragos, para tornarse iracundos,
veleidosos, agresivos, o tiernos o chistosos o ardientes
(cachondos, que diría un madrileño). Incluso,
los hay que muestran tendencias homosexuales, o lesbianas,
según sea el género. A otros, les surge un
jodido resentimiento y buscan descalificar hasta al más
meritorio de los seres humanos. Ocurre así, por ejemplo,
con algunos antinerudianos o antihuidobrianos o antimistralianos,
que las emprenden contra los supuestos adversarios con saña
digna de la peor vendetta. (Fuimos testigos, en el refugio
López Velarde de la SECH -hoy clausurado por el sismo
telúrico- de virtuales agresiones a botellazo limpio,
por discrepancias líricas o semánticas).
Hace
treinta años o más, con ocasión de
una cena de clausura de carrera profesional, un ex compañero,
después de beber una simple cerveza, las emprendió
a golpes de puño contra su vecino de silla, dislocándole
la mandíbula, ante la consternación de los
comensales que no entendían aquel ataque brutal.
Luego de la cena, acompañé hasta su casa al
agresor y le vi llorar como un niño, mientras repetía,
entre sollozos: -"No puedo beber, no puedo, me hace
mal, me vuelvo loco"-. (Por lo general, suelo ser un
buen conciliador en situaciones semejantes, aunque no escapo
de excepciones en las que es propicio hacer una buena finta
o un acelerado aparte para esquivar trompadas).
Un
querido primo nuestro, que andará ahora en los bares
del Paraíso (todo edén que se precie deberá
contar con alegres tabernas), sufría del mal señalado,
y se le fue acentuando con los años, a tal punto
que no se podía acompañarle a beber, porque
los momentos gratos se trocaban en inevitables grescas
El hombre ponía oídos a lo que se hablaba
en una mesa contigua y, sin ser invitado, retrucaba en alta
voz o lanzaba ácida apostilla en medio de la ajena
conversa... Ante la explicable reacción de los vecinos,
el primo ofrecía puñetes
Y, de súbito,
te veías enfrascado en una pelea de proporciones.
Después, se producía el arrepentimiento, la
llorosa contrición, y terminabas en una especie de
involuntario confesor o consejero de miserias ajenas.
Hay
personas que parecen aguardar la oportunidad de reuniones
familiares o de aniversarios -incluidos funerales y sepelios
donde se vela a los muertos, invocando la paz eterna- para
quebrar la siempre frágil armonía circundante,
agarrándose del más nimio pretexto para iniciar
una disputa acalorada, precedida de varios brindis por vivos
y finados. Mientras más decidida sea la oposición
verbal del contradictor, más exacerbará su
inquina el intemperante contertulio; será como echar
leña al fuego o, mejor, aguardiente a la hoguera.
La
mala cura deja penosos resabios en la mañana siguiente.
Se despertará el afectado con asco en el estómago,
pesadez en el hígado y un dolor de cabeza que podemos
graficar como hacha en mitad del cráneo. La mala
cura es una suerte de remordimiento irreparable, que se
aventará con la lucidez temporal, para regresar por
sus fueros cuando alguien ofrezca al padeciente: -"Una
copita, compadre, que no le hace mal a nadie".
Por
el contrario, existen individuos que se alegran con el vino,
acentuando su natural bonhomía, o predisponiéndolos
a dar rienda suelta al buen humor. Son los que amenizan
las reuniones de amigos y hacen soportables hasta los malos
tragos -los etílicos y los otros, que parecen abundar
en estos tiempos de crisis- y pueden transformar el peor
rictus en sonrisa aquiescente.
Hay
los beodos acongojados, que abren las compuertas del llanto
y recuerdan las penas de amor, ésas difíciles
de olvidar que han llevado a algunos a mascar el cristal
de la copa (¡Oíd a Manzanero, hermanos y cofrades
de botella en ristre!) o a suicidarse en medio de gloriosa
borrachera. Están los cariñosos, que les da
por abrazarte, llenándote de babeantes besos, jurándote
amor eterno (nada hay más perdurable que un amor
ebrio).
A
veces me desahogo escribiendo; a menudo lo hago besando
los labios fieles del vino. Ahora mismo, con este frío,
bebería un "navegado" con naranja y canela,
no para olvidar sino para acariciar los buenos recuerdos
como si fuesen una doncella nimbada de dulce embriaguez.
Edmundo Moure R.
1
"Después
del vino, la verdad"