Edmundo
Moure R.
Mayo 2010
Los
parientes pobres suelen resultar molestos; constituyen un
problema en ciernes. Cuando aparece uno de ellos, sin convite
previo, es que viene a pedirte algo: dinero, favor o servicio
de índole semejante. (De seguro no vendrá
a inquirir por nuestro estado de salud). Entonces, es preciso
ponerse en guardia, aducir apreturas ocasionales, situaciones
embarazosas que nos impiden acceder a lo requerido. El riesgo
de ayudar a un pariente (país) menesteroso es que
volverá por más. ¿Cómo dejarle
en claro que esta es la última, que la rogativa no
va a repetirse?
Los
parientes pobres no entienden que la riqueza, más
allá del esfuerzo personal y la inteligencia para
obtenerla, es un bien que proviene de lo alto, una bendición,
un premio de la divinidad que, como la gracia, no precisa
de explicación alguna, menos aún de justificaciones
sociológicas ni de filosofías revolucionarias.
Es más, debido a la lucidez de Calvino, el bienestar
económico es fruto bendito de la habilidad capitalista.
De allí, a la santificación del trabajo productivo
ajeno, en directo beneficio de la minoría emprendedora,
hay un breve paso, tan corto como el del gorrión
sobre el nido.
Los
pobres pueden causar desasosiego entre sus parientes más
afortunados, introduciendo en la morada del rico cierta
inquietud, parecida a la mala conciencia, como voz soterrada
que en medio de la noche te musita: "Eres injusto,
aprovechador, egoísta y poco fraterno"; o peor
aún: "También tú fuiste pobre",
que es como introducirte el dedo en la llaga que cubre la
túnica púrpura... Esto puede extenderse, como
lava maléfica, a los demás miembros de la
familia, al punto de interferir, por ejemplo, en medio de
una fiesta dispendiosa, para recordarte que el derroche
de manjares y hedonísticos goces es parte de lo que
privas a otros, más aún 'a los de tu propia
sangre', como expresaría un moralista decimonónico
.
Pero
la conciencia es como un mulo exhausto después de
su labor cotidiana, susceptible de ser aliviado con agua
fresca y una buena brazada de pienso. Al día siguiente,
será positivo aventar el mal resabio de la víspera,
emprendiendo una obra social, reuniendo ropa -¡hay
tanta!- que no usamos y permanece impecable
Podemos
agregar algún utensilio doméstico fuera de
moda, para adicionarlo a la donación que haremos,
seguramente con un: "¿No te ofendes, verdad?".
Los
países atrasados -en vías de desarrollo, según
eufemismo político al uso- constituyen los parientes
pobres de la comunidad mundial (globalizada). Sólo
que son menos conformistas que los allegados tribales, porque
pugnan, peligrosamente, por emular a las naciones del "primer
mundo", y, sin contar con esfuerzos suficientes y méritos
valederos, quieren hospitales bien provistos, escuelas y
universidades modernas, habitaciones dignas, agua potable,
luz eléctrica y transporte eficiente; ni qué
decir alimentación variada y nutritiva (se parecen
muchísimo, pues, a los parientes pobres).
Es
el drama que vive hoy la Unión Europea, vieja utopía
(mucho más antigua que Spengler y Ortega y Gasset),
por haber aceptado entre sus solventes miembros fundadores,
de manera irresponsable y subsidiaria, a integrantes de
menos pergaminos, que les vienen costando "un ojo de
la cara y la mitad del otro". Pasaron la prueba, con
mediocres calificaciones -es cierto-, España, Italia
y Portugal, tres países de latino dolce far niente
y mucho sol, que se acostumbraron a ser, más o menos,
"mantenidas oficiales" en la Casa Grande, a punta
de inyecciones monetarias y préstamos blandos
La peseta, la lira y el escudo, simbólicas monedas
de rancia prosapia, fueron sacrificadas en la mesa de los
cambistas cibernéticos; el Euro las sustituyó,
después de forzosa implantación que hizo más
pobres a los menesterosos y más ricos a los hijos
de Fortuna.
¿Quién
diría que Grecia, cuna y espejo de la civilización
occidental, con sus ruinas como pústulas de un pasado
glorioso, iba a transformarse en convidada de piedra, en
desagradable comensal en la espléndida mesa de los
países (parientes) ricos? Nadie, entre los anfitriones
que presiden el banquete, está dispuesto a escanciar
el vino ni a trinchar el faisán. Antes, es preciso
asegurar que con esta ayuda -que será la última,
quede claro- tendrán los griegos pobres que enderezar
sus cuentas y sanear el alicaído presupuesto. ¿Que
la mayoría va a pagar la farra de inversores y bolsistas
connacionales, coludidos con sus pares de ultramar? Por
supuesto, de eso precisamente se trata. Total, los pobres
siempre pueden serlo un poquito más.
El
asunto es no acarrear zozobra a las familias (naciones)
bien constituidas. No vaya a suceder que en todos los ámbitos
de este frágil globo, redondo y brillante como una
moneda, vayamos a escuchar, cual campana de malos presagios,
la voz temerosa del mayordomo: -"Amo, se nos volvió
a llenar de pobres el recibidor"-.
Edmundo Moure R.
Escritor, poeta y tenedor de libros