¿Quién soñó que la belleza
pasa como un sueño?
¿Quién
soñó que la belleza pasa como un sueño?
Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,
tan tristes ya, que ninguna maravilla pueden presagiar,
Troya se nos fue con destello fúnebre y violento
y murieron los hijos de Usna.
Desfilamos, y desfila con nosotros el mundo atareado
entre las almas de los hombres, que se despiden y ceden
su puesto
como las pálidas aguas en su glacial carrera;
bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos,
sigue viviendo este rostro solitario.
Inclinaos, arcángeles, en vuestra sombría
morada:
Antes de que existierais y antes de que ningún
corazón latiera,
rendida y amable permanecía junto a su trono;
la belleza hizo que el mundo fuera una senda de hierba
para que Ella posara sus pies errantes.
No
escuchéis a Yeats, ni a ningún poeta, avisados
lectores: Ya no existe el misterio; todo ha sido cosa
de mitificaciones, sueños, simbolismos absurdos,
metáforas sin sentido. Lo que buscaban vuestros
antepasados, lo que vosotros mismos indagabais, lo que
a nosotros nos ha venido sorbiendo el seso durante generaciones,
era una gigantesca patraña, al uso de poetas, curas,
filósofos de aldea e idealistas de toda traza.
Científicos
contumaces, sujetos de hallazgos recientes e irrefutables
-¡hoy recibo el oráculo de Internet!- han
descubierto que todo, absolutamente todo lo que pensáis
y decís y lucubráis y soñáis,
no es más que un conjunto -más o menos complejo;
¡tampoco exageremos!- de voliciones químicas,
procesos celulares, articulaciones físicas -energía
mediante- perfectamente determinados. ¿Y la conciencia?
Pues, una menesterosa hipótesis que inventaron
ilusos y acientíficos que nos precedieron, con
toda su rémora de idealismo, fe religiosa, metafísica
trasnochada y demás panaceas al gusto del consumidor
ignaro...
Resulta
que a Ella, a quien venimos dedicando las trovas de Amor
y de Amigo, los poemas románticos, y aún
la desesperada y honda poesía maldita, sólo
la mueve la electricidad binaria molecular y las secreciones
hormonales predeterminadas, desde el micro al macrocosmos,
cuestión nacida entre laberintos, más o
menos húmedos, del cerebelo, que es también
una decantación de partículas que coincidieron
(nadie sabe cómo, mas no importa, ahí están-
para producirlo
) Todo era falso, pues, caballeros
cibernéticos sin corcel, desde los lieders de Novalis
hasta los boleros cutres y los tangos llorones de las
cantinas sudamericanas. De ahora en adelante, si quieres
un amor, búscalo en la clínica o en el laboratorio
cuántico. Envía tu ADN, tus sudores en frasquito,
los orines madrugadores y los alcalinos del crepúsculo,
y se te buscará la diosa adecuada para que la lleves
a la cama sin remordimientos, sin esperanzas, sin ilusiones
de ningún tipo, con su ficha médica, su
perfil cromosómico y su carné psiquiátrico
al día. Porque lo que suceda después, no
será de tu cargo.
¡Válgame
Dios! Qué digo, si este dios mismo que nombro es
nada más que un vericueto extraviado, desde el
terror de las cavernas, entre los lóbulos cerebrales
de uno de los hemisferios del seso (o magín, que
decía ese otro loco inadvertido de Cervantes),
que guarda esa cosa también ilusoria que alguien
llamó 'conciencia', y su hijo fantasmal, el 'libre
albedrío'. Nadie escoge, nadie elige, nadie discrimina.
Una red de causas y condicionantes nos arrastra, en determinación
fatal, hacia la muerte, para despertarnos del sueño
ilusorio de la individualidad. "Sustancia somos y
a la sustancia volveremos".
Y
tu nombre, amada, ¿en qué limbo flotarán
las sílabas de tu nombre?
Si
tan sólo yacieras muerta y fría...
Si
tan sólo yacieras muerta y fría
Y las luces del oeste se apagaran,
Vendrías aquí e inclinarías tu
cabeza,
Y yo reposaría la frente sobre tu pecho
Y tú susurrarías palabras de ternura
Perdonándome, pues ya estás muerta:
No
te alzarías ni partirías presurosa,
Aunque tengas voluntad de pájaro errante,
Mas tú sabes que tu pelo está prisionero
En torno al sol, la luna y las estrellas;
Quisiera, amada, que yacieras
En la tierra, bajo hojas de bardana,
Mientras las estrellas, una a una, se apagan.
Yo creía en la libertad; creo en la libertad
Por eso elijo escribir este poema, aunque mi escogencia
no sea tal, sino el confluir de ríos que no pudieren
haber desembocado en otro mar:
LIBERTAD
La
libertad es una espada de dos filos;
con el primero,
el que lleva el rastro
del esmeril del fuego,
se determinan los mandobles
de la voluntad;
con el segundo
afilado en la roca fría
se esgrimen los círculos concéntricos
del destino
esa causalidad secreta
que buscaban los alquimistas,
cuyo abismo
enloquece a los jugadores
en el dado, en el naipe, en el amor.
La
libertad existe
aunque la espada de cada uno
carezca de nombre determinado,
aún cuando sea
sólo el arma blanca de los compulsivos.
La
libertad es humana
porque su filo nos fue dado en la sangre
en la leche,
en el pan, que al partirse sobre la mesa
se hace dos filos
una y otra vez
para siempre.
No
corresponde al poeta, ciertamente, "explicar"
su poema, porque la poesía no nace con un tema
o tópico previo, sino como intuición (fulgor)
que obedece a otros condicionantes que los del pensamiento
abstracto y/o especulativo. Me atrevo, sí, a ensayar
una interpretación:
La
'espada' es la potencia del acto; el 'filo' que talla
el fuego es la voluntad, acicateada por la pasión,
el impulso de hacer, de crear, rompiendo los límites
que fijan la razón y la costumbre (cultura); es
el filo trasgresor; el segundo 'filo', que asentó
la roca, es el conjunto de condicionantes, genéticos,
físico-químicos, culturales que determinan
nuestros actos, cuya causalidad ignoramos (aun ahora,
a pesar de todos los cientificismos de última generación,
que han descubierto hasta la "conciencia del burro").
La
libertad existe (al menos para el poeta) y su ejercicio
depende del uso de los filos; de si somos o no capaces
de esgrimirla según la aseveración de Kazantzakis:
"No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego
que devora al hombre".
El
libre albedrío es humano. Sólo al hombre
le es dado escoger entre los bienes de la naturaleza,
representados por la sinécdoque del Pan: trigo,
alimento, metáfora, sacrificio, sacramento, don,
regalo que se escinde sobre la mesa-humanidad, para repetir
la plétora dual de su destino hecho conciencia:
determinismo y libertad.