SUEÑO DE VIDA
Iván
Darrigrande E.
Feb. 2009
Tuve
un sueño angustioso.
Iba
al atardecer al Estadio Español, con mi equipo de
tenis, como tantas veces. Iba con la típica sensación
de competencia, donde no me importa perder, pero con la
esperanza de contestar con algunos buenos golpes los ataques
de mis amables adversarios. Es parte de mi vida el juego
del tenis, la relación amistosa con los compañeros
de la sección, la conversación con nuestros
apreciados encargados de los camarines, Jorge y Roberto.
Me parece placentero intercambiar algunas frases graciosas
con nuestros entrenadores, Juanito y Danilo. Al llegar al
Estadio, en ese sueño, iba con la seguridad que esa
tarde eso lo viviría de nuevo, como tantas veces.
El corazón iba alegre, casi silbando una alegre melodía.
Al
llegar a la puerta del Estadio me llamó la atención
que no estaba el portero, aunque todo se veía encantador,
como siempre, con la bella luz del atardecer. Pensé
que el portero habría dejado la puerta sólo
un momento, puesto que nunca está ausente. Entré
como siempre, pasando la tarjeta por el torniquete de entrada,
y la pantalla mostró mi nombre y permitió
el giro. Entré por el sendero que lleva a la Casa
central del club, entre las flores, viendo las fuentes con
sus chorros de agua, divisando los arcos que rodean la piscina
principal, iluminados bellamente por el sol de la tarde.
Al llegar a la Casa Central escuché la música
española suave, de guitarras, que está frecuentemente
en los altavoces, música que nos pone en el alma
el vínculo ancestral con nuestros antepasados y esa
sensación de amor por la herencia que sus vidas nos
han traspasado.
Me
dirigí hacia la terraza y noté que en el Bar
no había nadie, aunque las luces estaban encendidas,
lo mismo que en la Cocina. Esto ya me inquietó. En
la terraza tampoco había nadie, aunque la luz del
sol de esa hora la hacía atractiva, los ventiladores
de techo giraban y la música española, de
guitarras, seguía expresando los sentimientos que
han construido nuestras almas.
Me
pareció inconcebible esa soledad hundida en la belleza.
Partí trotando hacia el edificio de la sección
tenis, esperando ya, con angustia, ubicar a Jorge o a Roberto,
o a cualquiera de mis numerosos amigos de la sección.
Esperaba una explicación para entender con racionalidad
el motivo de la desaparición de todas esas personas
que siempre encontramos en nuestro Estadio, y que construyen
la bondad más querida de nuestros días. En
la sección tenis tampoco encontré a nadie.
Eso me llenó de temor. Llamé a gritos a Jorge,
a Roberto. Bajé a los camarines inferiores, gritando.
Las luces estaban encendidas, todo ordenado y limpio, como
siempre, pero la soledad ya me había agarrado el
corazón y me dificultaba la respiración.
Salí
corriendo hacia el sector de las canchas de tenis. Vi el
gimnasio del Polideportivo iluminado, todo disponible, pero
nadie en él. Corrí por entre las canchas,
gritando "¿hay alguien aquí?". Nadie.
Entré al Gimnasio y sus camarines. Nadie. Entré
a la piscina temperada, toda iluminada, cálida. Nadie.
Al
salir me dirigí a la cancha de fútbol, gritando
desesperado, corrí por entre los árboles del
parque, sintiendo que una rara muerte estaba entrando en
mi corazón. A pesar de la belleza alrededor, mi corazón
sentía una pérdida de la energía de
vida. No era una debilidad orgánica, sino el cese
de la entrada en él del flujo de vida que siempre
había sentido. Era obvio que la vida no me venía
sólo del funcionamiento de mi cuerpo, que estaba
suficientemente sano, sino que desde afuera entraba un flujo
de vitalidad más valioso que el de mi organismo.
Nunca me había dado cuenta que la vida mayor me venía
desde fuera. La caída de ese flujo de vida me estaba
matando el alma. Podía correr, saltar, gritar, pero
notaba que dentro de mí la vida se estaba debilitando.
Corrí
hacia el Cruceiro, que nos trajo de Galicia el querido Emilio
López. Allí estaba el Cristo de piedra, crucificado,
que orientaba a los peregrinos hacia Santiago de Compostela.
Sentí en mi alma el llamado que El hizo en la cruz:
"Señor, ¿por qué me has abandonado?".
Yo me sentía también abandonado. La sequía
de vida que invadía mi alma era ya la puerta hacia
la muerte.
Corrí
hacia la calle. El sol recién se había puesto.
No había nadie. Ningún vehículo transitaba
por Apoquindo. Los alrededores del Estadio estaban vacíos.
Los edificios iluminados, pero solitarios. No sabía
como volver a casa. Llorando y gritando desesperado comencé
a correr sin rumbo.
Desperté.
El corazón casi se me salía por la boca, casi
no podía respirar. El llanto me ahogaba. Miré
a mi lado y mi esposa no estaba. ¡Oh, vacío
insufrible! Recordé que se había ido a Viña
del Mar, por un par de días. Lo peor es que no estaba
seguro que el sueño hubiera sido sólo un sueño.
Quizás el despertar era entrar con cuerpo concreto
a la soledad que en el sueño había vivido.
Quizás la pena de muerte del alma, que aún
me ahogaba, estaba ahora extendida en el mundo material.
Me levanté desesperado y partí al Estadio.
El sol aún no había salido, pero ya su luz
se asomaba por la cordillera. En la calle no andaba nadie,
ningún vehículo. El sueño vivido lo
sentía ahora como una realidad insoportable. Llegué
al Estadio, dejé el auto en la puerta y entré
corriendo. La reja de la puerta estaba entornada y no estaba
el portero. Casi se detuvo mi corazón.
Pero
entonces apareció sonriente el guardia de noche,
arreglado como para partir a su casa. La aparición
de esa grata persona, siempre sonriente, detuvo el ataque.
Sentí, de un modo elocuente, la llegada de flujo
hacia mi "reservoir" de vida, en ese momento casi
vacío.
Me dieron ganas de abrazarlo, pero le pregunté: "¿y
el resto de las personas?". Me dijo: "Ya están
empezando a llegar". Le dije: "me da un gran gusto
verlo". Con una elegante inclinación de cabeza
me dijo: "Muchas gracias, señor. Lo mismo para
ud." Pero una voz interior me dijo. "Este es un
habitante de la soledad. Busca más gente". Con
agradecimiento hacia esa persona, con la esperanza que me
proporcionó de recuperar la energía de vida
que viene de los otros, corrí hacia el interior.
En el edificio de la sección tenis no había
nadie. En el Gimnasio Polideportivo tampoco. No se veía
nadie circulando por el parque o por las canchas de tenis.
De nuevo empezó la angustia desesperante y el corazón
queriendo salirse. Pero en un borde de la cancha de fútbol
vi a un jardinero, que siempre escucha una pequeña
radio con música rítmica del siglo pasado.
Llegué hasta él y lo saludé con afecto.
Le pregunté por qué estaba tan temprano. Me
dijo que era por el menor tiempo de transporte que lograba
a esa hora. Sonriendo me dijo que le gustaba trabajar en
el parque a la primera hora de la mañana. Sentí,
de nuevo, el flujo de vida que de él salía
y alimentaba mi "reservoir". Le dije: "me
da un gran gusto verlo". Me dijo: "Gracias, señor.
Que lo pase muy bien". ¿Otro habitante de la
soledad? Ya la vida estaba fluyendo. Corrí de vuelta
al edificio de la sección tenis. No se veía
nadie. Pero entonces divisé a mi muy amable amigo
Walter Kaufmann abriendo la puerta del Gimnasio Polideportivo.
El siempre va muy temprano a hacer gimnasia. De lejos le
grité con ansiedad: "Walter". Me miró
con sorpresa y sonriendo me dijo. "¿Cómo
es que estás llegando tan temprano?" Estoy sumido
en la soledad, le dije. Llegué y lo abracé.
En mi corazón sentía renacer la esperanza
y sentía cómo el canal de vida que emanaba
de él alimentaba mi depósito de vida. Entramos
al gimnasio y empezamos a usar las máquinas. Yo estaba
en la elíptica y él en una bicicleta, hablando
sobre sus pinturas. Entonces llegó Marcos, nuestro
entrenador del gimnasio, gentil y amistoso. "Tantos
días que no venía, don Iván. ¿Cómo
ha estado?" Sentí el flujo que me llegaba desde
su canal de energía de vida. Ya no era sólo
esperanza la que sentía, sino un verdadero renacimiento.
Luego llegaron Montserrat y Alejandra, dos señoras
jóvenes, atractivas y simpáticas, sonriendo
como siempre y haciendo bromas. Luego llegó Francisco,
con su típico gran bolso y cordialidad. Llegó
luego Manuel Rodríguez, afectuoso y de gran vigor
físico, para trotar sin descanso en casi una hora.
Con ellos entró hacia mí un río de
energía de vida. Mi depósito se llenó
completamente. A distancia pasaron Juanito y Danilo, los
entrenadores de tenis, hacia las canchas 11 y 13. Desde
la distancia sentí también la irradiación
de su energía de vida. Me sentí en condiciones
de ser yo también un canal de flujo de esa energía.
Al salir del gimnasio, era otro.
Al
irme al camarín encontré a Jorge, el encargado,
con quien hemos conversado por años de cosas de su
vida y de la mía". ¿Cómo le va,
don Iván? ¿Estaba fuera, que no había
venido?" Lo abracé y le dije: "Me da un
gran gusto verte de nuevo". Inclinó, sonriendo,
su cabeza y me dijo: "Bienvenido".
Sentía
el corazón recuperado. La alegría superaba
mi seriedad normal y notaba que me estaba comportando como
si alguna droga me hubiera exaltado. Eso quizás pensaron
los que me vieron esa mañana. En el camarín
un socio, que estaba en la ducha, había dejado una
pequeña radio tocando hermosa música. Esa
música la sentí como una lluvia de energía
de vida, que era enviada desde lugares lejanos, y aún
desde otros tiempos, por gente maravillosa y emanante de
un intenso flujo.
Ya
vestido salí silbando a buscar mi auto, para irme
a la oficina. Prendí la radio y una hermosa voz,
desde los años 40 del siglo pasado me cantó:
"Again, this couldn't happen again...". Era la
gran Vera Lynn. Acepté su pronóstico. Lo que
había vivido fue cruzar una puerta hacia el mundo
intangible del espíritu y de la trascendencia de
la vida. Lo que mi corazón había visto era
una revelación de nuestra naturaleza humana, que
tiene una dimensión inmaterial que se nutre de la
energía creadora.
No
encuentro palabras para expresar la profundidad de la experiencia
vivida. Necesitaré meditar largamente para poder
expresar con lenguaje racional el significado de lo vivido.
Tal como hacemos nuestros estudios científicos, que
empiezan a racionalizar lo que nuestra intuición
cerebral ha captado, tendré que meditar para entender
qué es lo que vi. ¿Qué fue lo que entendí?
¿Qué fuente crea la energía? Mi corazón
lo sabe. Pero tengo que meditar largamente para encontrar
las palabras.
Más
adelante les cuento lo que sigue.
Iván
Darrigrande E.
Feb., 2009