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Diego
Bascuñán Díaz
Marzo del 2009
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"Desde el cinturón de una luz del cielo nocturno,
descendió directo a mí.
Fue una fría noche de invierno
de esas despejadas".
Lo
agradecí como nunca antes lo había hecho.
Sentir esa energía en mi, hizo despertar nuevamente
las ganas que tenía de salir de donde estaba, e ir
en busca de lo preciado y necesitado. El lugar donde me
encontraba era oscuro, y desagradable. Solo las estrellas
me acompañaban, eran mi orientación.
Esa luz, ese color, era única en su especie. No había
otra igual en todo el cielo estrellado. Se hacia notar,
y demostrar interés. Eso me hacia respetarla, y confiarle
mi vida. Desde esa noche la miraba con respeto, y como una
"amiga".
A pesar de que el lugar era oscuro, tenía su historia.
Hace siglos fue un hermoso valle lleno de colores y fertilidad.
El sentimiento que le tenía era abundante. Pero con
el tiempo se fue trasformando en lo que llegó ser
hoy. Los colores cambiaron, y al final lo único que
quedó brillando fueron las estrellas.
Un hombre muy sabio dijo que el apego, era uno de los problemas
más grandes que tenia el hombre. Aunque sonara extraño,
viví mucho tiempo en este lugar como para dejarlo
de un día a otro. Y el giro en que se dieron las
cosas fue nuevo para mí. El temor me daba un paso
inestable.
Gracias
al crepúsculo la estrella volvió, y eso fue
sinónimo de confianza y fuerza. El paso inestable
se convirtió en paso seguro, y la gran estrella en
cierta forma me transmitió que no me preocupara de
lo que ya había pasado, sino de lo que pasa. Con
lagrimas en los ojos me arrodillé ante ella, y le
dije: "Eres una estrella (mi estrella), que todo lo
iluminas"
quedé así por varios minutos,
demostrándole mi respeto y mi amistad.
Mientras
los días pasaban me sentía más cercano
a ella. Descubrí que si quería que esto saliera
bien, necesitaba la noche. Su compañía y su
facilidad de entregar luz me impresionaba. Admiraba a mi
estrella. Nadie se la imagina.
En las noches de lluvia, cuando me encontraba mojado y empapado.
Ella estaba ahí, entregándome su calor. Preocupándose
de que este deseo no sea uno de los mil que no se efectuaron,
sino uno de los treinta mil que si lograron ser realidad.
Meses
pasaron y la estrella seguía iluminando mi camino.
Los lugares en los que pasaba eran increíbles, pero
no era exactamente lo que buscaba. Los días pasaban
y yo no encontraba lo que buscaba. Poco a poco las fuerzas
se iban, teniendo aun a la estrella con todo su potencial.
Me sentía cansado, y sin ganas se seguir rumbo. Me
asusté, pensé que no llegaría a encontrar
lo que buscaba. La estrella brillaba pero yo no la entendía.
(Cuando uno no entiende a su brújula tiende a ir
a la desesperación)
Me
senté en una roca para meditar lo sucedido. Cada
minuto levantaba mi mirada y veía a mi estrella,
brillando, como siempre.
Después de que las horas pasaban, supe mi razón
del viaje. Al levantarme con rapidez, la estrella dejo caer
una estela de luz blanca. La miré con maravilla,
nunca me había pasado esto a mí. Las estrellas
ciertamente tratan de comunicase con uno, pero ella lo hizo
sin miedo, ni temor. Comencé a elevarme e ir donde
la estrella. Al parecer me llamaba. Al estar frente a ella,
le dije unas palabras, ya ni me acuerdo. Pero al decirlo,
la estrella cambio su color.
"Y
ese día fue cuando entendí la razón
de mi viaje, y cuando morimos. Pero no para irnos del mundo,
sino para renacer, y ser uno".