Faltaba
un cuarto de hora para las ocho de la mañana, cuando
se escuchó un fuerte grito desgarrador. Provenía
del subterráneo de la escuela de ingeniería
de la Universidad de Chile, ubicada en la calle Baucheff
de Santiago antiguo, a un costado del entonces parque Cousiño.
Era
yo, muy de terno y corbata, que descargaba energía
debido al angustiante estado de desesperación en
que me encontraba. Muy pronto tendría que rendir
un examen, tal que si salía mal perdería mi
posibilidad de seguir estudiando ingeniería civil.
Era típico echarle la culpa de estas situaciones
al exceso de juventud, pero lo cierto es que en esa mañana
de riesgo, no había disculpa posible y sí
había mucho en juego para mí.
Era
un tiempo de aquellos, ya pasado la mitad del siglo XX,
en que los adelantos científicos se reducían
a la electricidad, al automóvil, al teléfono
y a la radio con sus "radioteatros" y su música
proveniente de discos de vinilo; cierto, también
se hacían pruebas con las primeras imágenes
de televisión. La mayoría de los libros de
estudio se encontraban en inglés y francés;
no existían las máquinas calculadoras de ninguna
índole, sólo las reglas logarítmicas
de cálculo, verdaderas joyas de diseño portátil;
se mentaba eso sí, de un computador que ocupaba todo
un quinto piso de un edificio contiguo, sin ninguna posibilidad
de acceso a él. Era justo el comienzo del actual
desarrollo tecnológico. Al respecto, recuerdo una
clase ya al final de la carrera, que dictaba el profesor
y escritor de ciencia ficción, don Arturo Aldunate
Phillips (1902-1985), en que en una oportunidad nos dijo:
"cuando era niño, conocí el cambio
de iluminación del carburo a la luz eléctrica,
he visto grandes cambios tecnológicos, y daría
mi vida por tener la edad de Uds. para poder presenciar
los cambios que se vienen en un pronto futuro; fíjense
que se comenta que los discos de música se van a
tocar sin agujas, que las imágenes se podrán
enviar por teléfono, ..." nos daba otros
varios ejemplos y agregaba: "
y Uds. van a estar
a la cabeza de estas tecnologías".
Esto
era lo que, algunos años antes, se sentía
en el aire de esa fatídica mañana en que un
examen decidiría buena parte de mi futura vida.
Había
que controlar los nervios, estaba conciente que había
estudiado mucho, había hecho todo lo que estaba a
mi alcance. Incluso creía saber más que el
mismísimo profesor. Este convencimiento me provocaba
aun más angustia y peor aun, mellaba mi humildad;
humildad necesaria y requerida por todo estudiante que desea
aprender. ¡Hasta dónde esto me jugaría
en contra! En circunstancias que en los próximos
minutos, para cuando yo rindiera examen, me deparaba el
tener que aprender tal vez más que en toda mi vida.
Era
tanto lo que había estudiado y tantos los ejercicios
que había resuelto, que no me limité a los
libros comunes, sino que pedí prestado otros libros
más alambicados y exclusivos. Uno de éstos,
se lo había pedido a un amigo muy serio y estudioso
del último año de la carrera. Era un libro
flaquito, editado en inglés, con muchos ejercicios
elegidos por la belleza y elegancia de los procesos requeridos
para llegar a sus correctas respuestas. Al lado de cada
uno de estos cientos de ejercicios, había un signo
indicando
que mi amigo y su grupo habían resuelto ese determinado
ejercicio. Sin embargo, en todo el libro habían sólo
dos ejercicios sin ese signo; al yo tratar de resolverlos,
tampoco pude, supuse entonces que estaban mal planteados
o que había un error de imprenta.
Cuando
llegó la hora del examen, el profesor después
de saludarme, me llevó a un pizarrón al fondo
de la sala. Vi que venía con el susodicho librito
en sus manos, lo abrió y me lo pasó indicándome
un problema para que lo resolviera. Yo al verlo, me percaté
de inmediato que correspondía a uno de los dos ejercicios
que no tenían solución. Como sabía
que no lo iba a poder resolver le indiqué al profesor,
a modo de chiva, que la materia concerniente a ese ejercicio
se pasaba en el curso siguiente, por lo que no correspondía
a este examen. El profesor se sonrió, y me dijo que
no había problema en cambiarlo; echó algunas
hojas hacia atrás y me pidió que resolviera
otro problema. Cuando lo vi, no podía creerlo, ere
el segundo problema sin solución.
Ya
no había chiva posible, las intenciones del profesor
eran claras, no cabía coincidencias; estaba en un
callejón oscuro, sin salida y con un destripador
al frente.
Mi
mente empezó a revolucionar de tal forma, que entré
en un estado especial. Un lamento. Sólo pedí
a lo Alto y fui iluminado. Es un estado indescriptible,
si yo no lo puedo hacer, por favor hazlo Tú por mí,
Señor.
El
problema consistía en demostrar la veracidad de dos
igualdades dadas. Normalmente en estos casos, se demostraba
la primera y basada en ésta, se demostraba la segunda.
La
inspiración vino de algo muy sencillo, como antes
no había podido resolver la primera ecuación,
intentaría hacerlo con la segunda; cosa rara pero
si llegara a lograrlo, al menos conseguiría la mitad
del problema. Para tratar de resolver primero la segunda
parte, apliqué un teorema que si bien no era común
tampoco lo era tan complejo. El resultado salió más
rápido de lo esperado, menos de 20 ó 30 segundos.
Más aun, fijándome en uno de los pasos intermedios
del desarrollo, figuraba lo mismo que una parte de lo expuesto
en la ecuación del primer ejercicio. Como ya estaba
probada la segunda igualdad, podía introducirla en
la primera. Hecho esto, el primer problema se resolvió
en no más de otros 20 segundos. Total, en menos de
dos minutos, llamé al profesor indicándole
que la solución a su problema estaba terminada.
La
cara de extrañeza y de incredibilidad del profesor
se hizo de manifiesto, abrió mucho los ojos, le llamó
la atención que yo hubiera empezado con la segunda
parte, pero finalmente tuvo que aceptar lo obvio: el problema
estaba correctamente resuelto. Se entrecruzaron nuestras
miradas por largos segundos, la de él reflejaba asombro
y rencor, seguramente porque no lo había podido resolver
él; la mirada mía reflejaba satisfacción
y por sobre todo, piedad, ya que era obvio que necesitaba
una buena nota.
Lo
que vino después fue seguido por otra inspiración
aun mayor. El profesor me ofreció la nota mínima
para pasar el ramo. Aquí entraron en juego otros
aspectos, se enfrentó por una parte la soberbia del
conocimiento, porque yo estaba seguro de saber para la nota
máxima; y por otra parte, la humildad necesaria para
aceptar y reconocer una victoria sin jactancia. Creo que
hubo otra inspiración porque ésta fue una
de las pocas veces en mi vida, que fui lo suficientemente
inteligente como para acallar mis impulsos adictos a la
adrenalina, y dar entrada a la humildad y sensatez. Al aceptar
el ofrecimiento, volví a ver esos ojos absortos del
profesor que me indicaban su segunda derrota y mi segundo
triunfo, en esa mañana para mi inolvidable.
Y
así se cumplió, una vez más, la más
antigua de las leyes que conoce el hombre:
"lo de arriba es a lo de abajo".