Era
una carrera frenética hacia mi media naranja que
me esperaba ansiosa en el recodo de un intrincado, tortuoso
y estrecho camino que la conducía inefablemente al
abismo; su única esperanza, así como la mía,
era encontrarnos antes que esto ocurriera. Era preciso encontrarnos
pronto en el más hermoso de los abrazos, muy muy
apretado y tan íntimo como lo más, tanto como
para formarnos en uno; en mí.
Sí,
un día ese fui yo; un proyecto tan minúsculo
como para caber en el interior de un testículo de
mi padre y a la vez en una trompa de mi madre. Éramos
dos, después fui uno. Sí, ese fui yo un día.
¿Soy
más que un espermatozoide desarrollado?
Algunos
de mis amigos me responderían:
"Tal vez", otros,
"¡Qué más quieres!", otros,
"Pégate con una piedra en el pecho",
.
Y así, seguiría una gran chacota.
Pero
en el silencio de la noche, en el silencio grandioso de
la gran noche, en esas donde el mismo silencio te habla,
ese silencio me da otras respuestas un poco más halagadoras,
más alambicadas, también más inquietantes,
me exige responsabilidades y me ofrece premios y castigos.
¿Quién
soy?
¿Desde cuándo soy?
¿Hasta cuándo seré?
La
carne, el alma y el espíritu.
Misterios de la FÉ