Fue así:
Corría
el año 1971, el primer año del gobierno de
don Salvador Allende G, fue un año de muchos inconvenientes.
Nuestro estado de ánimo, el de mi familia, el de
mis amigos, y personalmente el mío, se encontraban
muy alicaídos; todos veíamos, impotente, cómo
se destruía nuestro país, nuestra identidad,
cómo se comprometía nuestro destino.
Por
otro lado, desde principios de ese año, mi
mamá, Cristina Letelier León, entonces
enferma de cáncer, había caído
cinco veces en estado de coma, recuperándose
milagrosamente cada vez, pero en los primeros días
de Octubre, no resistió más y falleció;
mi papá, Ricardo Bascuñán Stönner,
no pudiendo soportar la tensión, había
fallecido veinte días antes debido a un ataque
al corazón; y para remate, mi entonces jefe
directo y dueño de la empresa constructora
donde yo trabajaba, me refiero al ex vicepresidente
de Chile del gobierno anterior don Edmundo Pérez
Zujovic, lo había asesinado el partido Socialista
gobernante hacía menos de cuatro meses. Creía
que la situación no podía ser peor,
hasta entonces no sabía lo que me deparaba
los días siguientes.
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Portal de entrada vista desde Plaza La Paz.
Lugar de la concentración y arenga.
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Después
de los trámites de rigor como pagos de clínica,
certificados varios, contratación de los servicios
funerarios del Hogar de Cristo, lo que recuerdo en forma
muy especial por lo sucedido más adelante; pretendimos
darle, a nuestra querida madre, cristiana sepultura con
misa de rigor y entierro en el Cementerio General de Santiago.
Efectivamente le dimos sepultura, no estoy tan seguro que
haya sido tan cristiana, pero sepultura al fin, lo que sí
muy digna.
Después
de la misa fúnebre, subimos el ataúd al carro
mortuorio, con muchas flores pero también con mucha
pena y congoja. Estábamos dando vuelta una página
de nuestras vidas, llenas de recuerdos y valores, que habían
quedado, y que aun lo están, muy adentro del alma
de cada uno de nosotros. Sólo de estos recuerdos,
valores y arrojo, podría escribir un libro completo.
Pero lo cierto es que los sucesos de este día, constituyeron
un hito para todos nosotros y nuestros amigos.
Se
inició el cortejo fúnebre hacia el Cementerio
General. Saliendo de la iglesia ubicada en calle Presidente
Errázuriz de la comuna de Las Condes, tomamos por
Av. El Golf hasta Isidora Goyenechea y luego por el costado
del río Mapocho hasta la Av. La Paz, donde doblamos
en dirección recta al cementerio. Faltaban dos cuadras
para llegar al pórtico principal, cuando la fila
de vehículos en que viajábamos, se detuvo
debido a un gran taco. Nos bajamos a ver lo que sucedía,
y cual sería nuestra sorpresa cuando vimos que el
que dirigía el cortejo inmediatamente anterior al
nuestro, había decidido tomarse la Av. La Paz en
señal de repudio por el hecho que un grupo socialista,
denominado "Ramona Parra", se había tomado
a su vez el cementerio, impidiendo que se realizaran entierros.
De hecho, las caravanas anteriores a las nuestras, habían
tenido que devolverse con los muertos para sus casas.
Conversando
con el individuo del cortejo anterior, le expresamos que
nosotros estábamos enterrando a nuestra madre y que
lo íbamos a realizar con o sin la "Ramona Parra".
Me respondió que él también estaba
enterrando a su madre y que nos iba a acompañar a
retomar el cementerio. Fue la última vez que lo vi.
Nosotros seguimos caminando, por Av. La Paz, las dos cuadras
que distaban hasta la entrada principal del cementerio.
Es
una entrada majestuosa, frente a la legendaria plaza La
Paz, con un inmenso portón de gruesas barras de fierro
forjado, de no menos de unos seis metros de alto, enclavado
en una potente estructura de arquitectura neoclásica
bajo una cúpula de gran dimensión; toda esta
magnificencia era inadvertida para nuestros dolorosos y
enceguecidos ojos, que en realidad en ese momento, sólo
veían un gran fuerte por conquistar. Porque fue hasta
llegar a este lugar, viendo las puertas cerradas con cadenas,
un gigantesco mono de aserrín, simulando al director
del cementerio, colgando de la parte superior del portón
junto a una bandera chilena, infaltable en toda "toma"
(se suponía que no se podía arriar la bandera
y así asegurar la "toma"); cuando dimensioné
por primera vez lo que se nos venía encima.
Cuando
miré a mi alrededor, me asusté, vi a toda
mi familia en gran número, gente alta y fornida,
que venía decidida. No todos saben lo que esto significa,
y seguro que los de la "Ramona Parra", no lo sabían.
Lo primero que sucedió fue que mi hermana Carmen,
la más flaca y chica de todas pero muy linda, subía
como leona las rejas del portón hasta cortar las
amarras del mono de aserrín, sumamente pesado, que
cayó sobre mi hermano Ricardo, tremendo gallo, y
yo. Fue tan grande el impacto que casi llegamos hasta ahí
no más. Después, la Negra (la misma Carmen)
sacó la bandera y blandiéndola se pega una
arenga de padre y señor mío; yo no lo podía
creer, la miraba hacia arriba y veía una diosa de
la guerra: "
esta bandera chilena es para los
chilenos y no para extranjeros entrometidos
".
Si a esas alturas ya estábamos calientes, después
ardíamos. Así se inició la sorprendente
batahola que terminó en batalla campal.
Las
rejas que separaban los dos bandos, a un lado una familia
enardecida por la impotencia y el dolor, y al otro, un grupo
de hombres duros, bien entrenados en Cuba, todos uniformados,
con insignias sobre boinas negras colocadas medio de lado,
dispuestos a todo por una causa que creían justa,
razón que para mí, los hacía enemigos
respetables. Nunca supe porque las boinas se las colocaban
ladeadas, debe de haber sido alguna moda, tal vez del "Ché
Guevara". El hecho es que, como perros ladrando entre
rejas, nos vociferábamos y empujábamos cada
grupo por su lado. Fue tanto el zangoloteo que hacía
bambolear para uno y otro lado al gran portón, que
las cadenas cedieron soltando las amarras. Las puertas se
abrieron dando paso al combate "cuerpo a cuerpo".
La
confusión fue total. Empujones, gritos de ataque,
golpes y carreras en tal grado, que la formación
de la "Ramona Parra" se quebró por completo.
Fue así, que cada uno de nosotros nos encontramos
peleando en forma desordenada, separados, cada uno con un
grupo selecto de boinas, lo que nos daba un cierto grado
de ventaja, porque en realidad aunque fuéramos menos
en cantidad, podíamos controlar mejor la situación
ya que nuestra estatura moral y física, más
un cierto escudo invisible pero real, que venía del
más allá; nos hacía invencibles.
En
este conflicto hay muchos y diversos recuerdos, seguramente
que cada uno de los ahí presentes, tienen los suyos
por lo que deben haber muchas más anécdotas
que las aquí narradas: cuando entramos al hall central
y ante la impotencia contraria, fuimos recibido por los
carros que transportan ataúdes, que venían
raudamente y a toda velocidad contra nosotros. Fue de película
ver a mis dos cuñados grandotes, tomándolos
como marionetas, uno por cada lado del carro, y devolverlos
en vilo hacia donde venían, produciendo estragos
en las huestes enemigas.
En
otro momento, mi hermano Ricardo, peleaba con tres o cuatro
"parristas", cuando fue amenazado, por atrás
sin que él se percatara, por un boina con un garrote
de proporciones. Viendo esto una de mis sobrinas, la Carmen
Anita, muchacha alta, buenamoza, criada en el campo y buena
para el peñascazo, campeona del lanzamiento de la
bala; en su desesperación, lejos del lugar para poder
avisarle, se agacha, toma un camote de piedra y lo lanza
con tal maestría, porque bien podría haberle
pegado a su tío, que le da en pleno rostro al de
la boina, dejándolo aturdido en el piso.
Yo
me encontraba adentro del cementerio, en un lugar donde
había rejas pero por donde no podía pasar;
sólo vi que al otro lado, mi hermana Carmen, que
se encontraba luchando con un grupo, fue agredida por un
hombre, por atrás, en forma lo más cobarde
y artera. Al ver lo que vino, recé por ese miserable
para que no le pasara algo más grave, porque fue
algo terrible. Mi hermana María Cristina, que alcanzó
a ver lo sucedido, se abalanzó sobre el cobarde,
le hizo no se qué, lo cierto es que el pobre hombre
cayó al suelo, la Niní (Maria Cristina) se
montó encima, le puso las rodillas sobre los hombros
del infeliz, y todo esto a la velocidad de un rayo, le azotaba
la cabeza tomada del pelo, contra el suelo una y otra vez;
hasta que se subió una muchedumbre sobre la Niní,
no supe si a separar a mi hermana o para seguir pegándole
al caído, tal vez ambas. No supe como terminó
ese conflicto, porque por pajarón, me llegó
un tarro de pintura sobre la cara y sobre mi pinteado traje
de gala.
Entre
combo y combo, yo miraba hacia los lados para no perder
la ubicación, y en eso me di cuenta que los que ahí
nos encontrábamos, éramos sólo los
de nuestra familia. Los del otro entierro concertado, ni
luces. Sin embargo, se encontraba peleando a favor de nuestro
bando, un mocetón grandote, fuerte, alto, bien hecho,
y que cada puñete que mandaba, salían varios
de la "Ramona Parra" volando. No lo conocía,
¿quién sería?, de a poco me fui acercando
a él, así como en los bailes cuando queríamos
terminar justo al lado de la muchacha que nos gustaba. Cuando
logré estar a su lado, le pregunté como pude,
que ¿quién era?, me respondió que era
el chofer de la carroza del "Hogar de Cristo".
Pensando en ¿cómo podía suceder algo
así?,
.le grité en forma de reproche:
¿y dejó sola a mi mamá?,
. agachándose
para dejar pasar un proyectil, me responde: ¡Y quién
va a querer robarse a su mamá!
.. y así,
pasaban los minutos y seguía la agotadora pelea.
Recuerdo
estar frente a un hombre con boina, que batía un
fierro como de un metro de largo, era relativamente bajo,
muy robusto, de unos cuarenta años, de mirada profunda
e inolvidable por su odio, pero que también traslucía
miedo al ver la mía; nos encontrábamos junto
al mausoleo del presidente don Pedro Aguirre Cerda, lo recuerdo
muy bien, lo que indica un lugar bastante adentro y alejado
del hall donde se encontraba la gran gresca. Fue en ese
momento cuando hizo ingreso un contingente del infaltable
cuerpo de Carabineros de Chile. Se paró la rosca
de inmediato. Nosotros fuimos retirados del campo santo
y los de la "Ramona Parra", adentro; cerrando
nuevamente los portones. Esto, que con el tiempo encuentro
que fue lo más sensato, en esa oportunidad encontramos
que fue el colmo de los colmos. ¡Permitir que los
de la "Ramona Parra" se retomaran el cementerio
y que a nosotros, que teníamos ampliamente ganada
la batalla, nos dejaran afuera abandonados a nuestra suerte!
¡Estábamos furiosos y fuera de sí! Nuestras
mujeres trataron muy mal a los uniformados. Junto con mis
hermanos, fuimos a parlamentar con el capitán a cargo.
Lo dicho fue esto:
'Capitán,
deseamos tener la certeza que Ud. entienda sólo
dos cosas:
Primero: Que se informe con qué familia está
tratando, ya que no es una familia común, es más
bien bárbara.
Segundo: Faltan veinte minutos para las seis de la tarde,
Ud. pidió tiempo, pues bien, a las seis de la tarde
vamos a enterrar a nuestra madre con o sin "Ramona
Parra" y con o sin carabineros. Ud. sabrá
lo que hace'.
No volvimos a ver al capitán.
En
seguida, nos fuimos a reunir con el resto alrededor del
féretro de nuestra madre, efectivamente, no se la
habían robado. Fueron pasando los minutos, bajaron
los latidos del corazón, nos fuimos enfriando. Los
minutos seguían pasando, recién ahora fue
calando el miedo, ahora con los carabineros, la lucha sería
más complicada aunque no imposible. Cinco para las
seis, cuatro, tres, dos, uno. Llegó la hora donde
prima el orgullo a la razón. Ya, me paro para caminar
junto a mi hermano, que con su metro noventa, era mi garantía.
Iniciamos la caminata, hombres, mujeres y muchachos, todos
nos siguieron. También, el vehículo de mi
madre reiniciaba su andar siguiendo la caravana. Llegamos
a la Plaza La Paz, el vehículo girando en la rotonda,
se estacionó frente al portón principal. Este
seguía cerrado.
Estábamos
frente a un inhóspito Cementerio General de Santiago
de Chile, eran las seis de la tarde del cuatro de Octubre
de 1971. Abrimos las puertas del coche mortuorio, sacamos
el ataúd, lo tomamos en vilo y avanzamos,
..las
puertas seguían cerradas.
Me
preguntaba, ¿cómo va a ser la pelotera ahora,
por la reflauta, si estamos tan vulnerables?
Me
encontraba en esta reflexión, el ataúd llegó
al dintel de la puerta justo antes del portón, cuando
las puertas del cementerio se abrieron de par en par, saliendo
del interior un sepulturero con un carro, quien nos dio
una explicación por lo sucedido. Era el mismo viejo,
que nada tenía que ver con la "toma", y
que había enterrado a mi papá hacía
unos pocos días atrás.
Cuando
entramos al hall, vimos que estaba todo el camino acordonado
por carabineros, unas veinte cuadras, hasta la misma tumba
que le teníamos preparada a mi madre. ¡Bien
capitán!
Así
le dimos el último adiós a nuestra querida
vieja y sólo nosotros sabemos el porqué fue
tan decoroso para ella, en su último día en
este mundo, el haberla honrado con un triunfo sobre la "Ramona
Parra" en combate a combos.
ESTE RELATO, QUE PARECE CUENTO, NO LO
ES. ¡FUE REAL!
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Portal de entrada vista desde adentro
del cementerio.
Lugar de los combates
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Diciembre del 2006 ha sido un mes que nos ha traído
a la memoria, hechos ocurridos en los años
de la Unidad Popular (1970-73),
que quisiéramos olvidar pero que siguen ahí,
incrustados en nuestras mentes como testimonios
de "un nunca más". Uno de estos
hechos fue este relato del entierro de mi madre
en Octubre de 1971.
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