No
se de donde lo saqué, pero lo cierto es que es algo
real para mi.
Cuando rezo el Padre Nuestro y llego a la parte de "hágase
su voluntad", dudo, me perturbo un poco y porque no
decirlo, temo.
Y
es que en alguna parte de mi mente (construida quien sabe
cuando) pienso que la voluntad divina no me va a gustar
nada.
Como
si nuestro Padre Celestial tuviera que corregirnos con dolor
esas faltas y apegos que tanto disfrutamos.
Entonces
el "hágase su voluntad" comienza a ser
un camino al dolor y a la incertidumbre, pero mi mente es
así, ella piensa que el dolor y la disciplina son
los únicos instrumentos que tienen la fuerza en mi
camino de transformación, mi corazón dice
otra cosa.
Mi
corazón cree que la Voluntad de Padre es algo luminoso,
alegre y que me libra de la cautividad en que vivo
entre juguetes de niño malcriado.
Mi corazón cree que hay fuerza en el amor para cambiar.
Mi
corazón me dice que la Voluntad no se construye sola
y que finalmente soy yo el llamado a ponerla en acción.
Y
fue algo mágico en mi vida sin magia, el decidirme
a ser un instrumento de su voluntad
atento a descubrir
que es lo que El quiere que haga AHORA MISMO.
Vivir
atento se ha transformado en mi nuevo propósito,
atento y dispuesto a actuar por su Ideal, aunque tenga que
dejar (por un rato) mis faltas y mis apegos que tanto disfruto.
Pero
mi mente es temerosa y dispersa y me cuesta trabajo convencerla
de mi nuevo desafío, creo que al final tendré
que llegar a algún acuerdo, algo posible, algo medio
entre lo que debo y lo que puedo.
Entre
la Voluntad y mi voluntad.
Pero
pienso que el dolor llegará de todas formas si mi
voluntad difiere con el Plan, porque para hacer las cosas
sin dolor debo aceptar con humildad el Plan y ejecutar con
abnegación mi parte
internalizar el hecho de
que puedo, de que tengo la fuerza para armonizar mi voluntad
(mi fuerza de voluntad) con La Voluntad del Padre, es un
regalo y un camino de lo Alto para dejar de sufrir y ser
útil de verdad.